Más de 8.000 hombres y niños bosniomusulmanes fueron ejecutados por Serbia
El duelo y el dolor se heredan en Srebenica: «No debe olvidarse»
Treinta años después del genocidio, sigue tan vivo como el recuerdo de los que sobrevivieron

El presidente del Consejo Europeo, António Costa, y la comisaria Marta Kos.
Treinta años después del genocidio de Srebrenica, el dolor sigue tan vivo como el recuerdo de quienes lo sobrevivieron. En el Centro Memorial de Potocari, entre miles de lápidas blancas, el trauma del pasado se hereda entre generaciones: «Esto no puede ni debe olvidarse». "No soy originaria de Srebrenica, pero las heridas de la guerra están profundamente marcadas en mi familia. En ese tiempo perdimos a miembros cercanos, un dolor que no se desvanece, sin importar cuántos años pasen", dice en voz baja y entre lágrimas Ajla, una joven de 33 años de Tuzla. El nombre de Srebrenica quedó asociado para siempre a la infamia tras la masacre ocurrida el 11 de julio de 1995, hace ahora 30 años. Más de 8.000 hombres y niños bosniomusulmanes fueron ejecutados de forma sistemática por las fuerzas serbobosnias bajo el mando del general Ratko Mladic, en el que se considera el peor crimen cometido en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Pese a haber sido declarada 'zona segura' por la ONU, Srebrenica fue abandonada a su suerte y las fuerzas de paz de Países Bajos desplegadas en la ciudad, superadas en número, no impidieron el avance de las tropas serbobosnias ni protegieron a la población civil. Ajla recuerda bien lo que oía de niña, cuando su familia en Tuzla acogía en su hogar a familias refugiadas de Srebrenica y Bratunac. "Recuerdo a las madres, a las abuelas y a los niños, y las historias que compartían con dolor y dificultad", relata. Hasta ahora se han identificado y enterrado a unas 7.000 víctimas, mientras que unas mil continúan desaparecidas. Este año, durante la conmemoración del 30 aniversario de la matanza, se da sepultura a siete víctimas más. "Esa energía sigue viva aquí", dice Ajla. En su escuela primaria, cuenta, había niños que nunca conocieron a sus padres, a quienes la guerra les arrebató la infancia. Durante un trabajo escolar, recuerda, se les pidió a los alumnos responder: «Si pudieras pedir un solo deseo, ¿cuál sería?" Una compañera de clase, nacida en 1995 en Srebrenica, respondió:"Que al menos una vez pueda conocer a mi padre». Sus huesos aún no habían sido encontrados en ese momento. Ese instante, recuerda Ajla, quedó grabado para siempre en su memoria.