Ceuta y Melilla: El control del Mediterráneo y las rutas energéticas
Pedro Baños dibuja un escenario en el que Marruecos ha consolidado una posición estratégica gracias al respaldo de sus aliados mientras España pierde capacidad de influencia sobre uno de los espacios geopolíticos más sensibles del planeta.

El coronel Pedro Baños.
«Yo llego a pensar si el gobierno español está en connivencia con el gobierno de Marruecos. Mira, vamos a crear un problema gigantesco y vamos a convencer a los ciudadanos españoles de qué para qué quieren Ceuta y Melilla, dos ciudades pequeñas que tenemos que mantener. Pues vamos a una cosoberanía durante un tiempo, y en 30 años, pues se las entregamos a Marruecos, cuando ya nadie sepa ni lo que es una cosoberanía ni nada. Y les dices, además, que la otra opción es entrar en una guerra».
El coronel Pedro Baños, experto en contrainteligencia, muestra un pesimismo contumaz: «Esto no es azar, ni mucho menos». Su análisis dibuja un escenario en el que Marruecos ha consolidado una posición estratégica gracias al respaldo de Estados Unidos e Israel mientras España pierde capacidad de influencia sobre uno de los espacios geopolíticos más sensibles del planeta. «El problema es que estamos ahora mismo desarbolados; tenemos un gobierno de personas que no entienden las verdaderas claves de la política internacional. Desde la crisis de 2021 no se ha hecho absolutamente nada y parece que, en realidad, estaban propiciando que pasara el tiempo para que esto sucediera».
Baños pone el énfasis en que España lleva años de incumplimientos de las resoluciones de Naciones Unidas —«somos la potencia descolonizadora del Sahara y nos corresponde velar por el bienestar de los saharauis. No olvidemos que muchos de ellos tienen todavía tienen nacionalidad española»— y recuerda la carta en la que Sánchez le entregaba a Mohamed VI la excolonia española. «¿Y por qué? Porque al final era una decisión que ya había tomado Estados Unidos», añade antes de insistir en la tesis de que la pauta la marcan Washington e Israel. «Van a hacer lo que les dé la gana. Y nosotros no vamos a poder hacer nada porque no tenemos el apoyo de nadie, ni siquiera el de la Unión Europea como estamos viendo».
Todo ello ocurre en un momento clave de competencia por las rutas energéticas, el progresivo deterioro del Sahel, la creciente rivalidad entre las grandes potencias y la transformación del norte de África en un escenario prioritario para Estados Unidos, Francia y otras potencias occidentales. La frontera de Ceuta, en ese contexto, deja de ser únicamente un punto de entrada irregular hacia Europa para convertirse en uno de los lugares donde se mide la capacidad de influencia de los Estados sobre un espacio decisivo para el comercio marítimo, la seguridad energética y la proyección militar en el Mediterráneo.
Es desde esa perspectiva desde la que el coronel Pedro Baños interpreta la última crisis fronteriza. Su lectura se aparta del análisis centrado exclusivamente en la inmigración y propone entender los acontecimientos como un episodio más de una pugna geopolítica que se desarrolla desde hace años entre España y Marruecos, aunque condicionada por intereses que exceden ampliamente la relación bilateral. A su juicio, resulta difícil explicar la magnitud del movimiento de personas únicamente como una reacción espontánea y defiende que Rabat lo utiliza como una forma de trasladar costes políticos al país vecino.
Esa interpretación conecta con un concepto que ha ido adquiriendo relevancia en los estudios estratégicos durante los últimos años: la instrumentalización de los flujos migratorios como mecanismo de coerción. Diversos investigadores han analizado cómo determinados Estados recurren a la movilidad de población para aumentar su capacidad negociadora frente a otros gobiernos, mediante crisis humanitarias cuya resolución depende, en última instancia, de decisiones políticas. La frontera entre Bielorrusia y Polonia, la presión ejercida por Turquía sobre la UE o las sucesivas crisis registradas en el Mediterráneo oriental constituyen algunos de los precedentes más citados por la literatura especializada. Baños considera que el caso de Ceuta responde a esa misma lógica, aunque con una particularidad: la proximidad histórica y geográfica entre España y Marruecos convierte cualquier episodio de presión fronteriza en un asunto de soberanía nacional. Su argumentación, sin embargo, no se detiene en Rabat y dibuja un mapa mucho más amplio en el que Marruecos aparece como un actor regional cuya fortaleza deriva, en buena medida, del respaldo obtenido durante la última década por parte de Estados Unidos. Baños menciona expresamente el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, la creciente cooperación estratégica con Israel tras los Acuerdos de Abraham y la tradicional relación privilegiada con Francia como elementos que habrían reforzado considerablemente la posición internacional del reino alauí. En su opinión, esa acumulación de apoyos explica que Rabat actúe con una seguridad creciente en sus relaciones con España.
Además, subraya que la transformación del comercio marítimo internacional y la competencia por las nuevas rutas oceánicas han devuelto al paso entre el Atlántico y el Mediterráneo una importancia creciente. El Estrecho continúa siendo una de las principales arterias del tráfico marítimo mundial y una infraestructura imprescindible para las comunicaciones entre Europa, África y Oriente Próximo. Desde esa perspectiva, sostiene Baños, el interés internacional por consolidar posiciones de influencia en ambos márgenes del Estrecho responde a una lógica mucho más amplia que la política española.
La consecuencia inmediata sería una progresiva pérdida de margen de maniobra por parte de Madrid. El coronel describe una España cuya capacidad de iniciativa diplomática se habría reducido de manera significativa. Mientras Marruecos ha conseguido ampliar sus alianzas internacionales, España aparece, en su análisis, como un actor cada vez más reactivo, obligado a responder a decisiones adoptadas por otros gobiernos en lugar de condicionarlas.
Por último, Baños sale en defensa de los servicios de inteligencia españoles y frente a quienes interpretan la crisis como un fracaso del sistema de información, considera que el CNI dispone de medios suficientes para detectar con antelación movimientos de esta naturaleza.