Diario de León

El 11-S persigue, entre enfermedades y recuerdos, a bomberos y rescatistas 25 años después

Veinticinco años después una nueva generación de estadounidenses conoce el 11-S no por haberlo vivido, sino por lo que le han contado sus padres, sus profesores o los libros de historia

Momento del derrumbe de unas de las Torres Gemelas en el 11-S.

Momento del derrumbe de unas de las Torres Gemelas en el 11-S.JEFF CHRISTENSEN

Publicado por
Ruth E. Hernandez Beltrán
/ Alicia Sánchez Gómez
Nueva York

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Las consecuencias del 11-S siguen presentes un cuarto de siglo después: 4.257 miembros del Departamento de Bomberos de Nueva York (FDNY) han sido diagnosticados con cáncer y 12.161 con al menos una enfermedad atribuida a la exposición a las toxinas del World Trade Center.

Aquella soleada mañana del 11 de septiembre de 2001, Nueva York se convirtió en un escenario de destrucción, miles de muertos y heridos, incertidumbre, terror y llanto, mientras la ciudad quedaba tomada por soldados y agentes federales.

Pero también afloró la solidaridad de miles de bomberos y rescatistas que acudieron a la Zona Cero para salvar vidas, sin saber que muchos pagarían con su salud años después.

Con los años llegaron las enfermedades y, para algunos, la muerte: "Veinticinco años es mucho tiempo, pero no hay un solo día en que no recuerde ese día", asegura a EFE Joe Conzo, entonces técnico de emergencias médicas y uno de los miembros del Departamento de Bomberos diagnosticados con cáncer.

Alrededor de un millar tiene más de un tipo de cáncer, entre ellos Conzo, que en 2019 enfrentó un cáncer de hígado y después otro de páncreas por su exposición a las toxinas, lo que le llevó a retirarse.

"Llevo siete años en remisión", comenta satisfecho el extécnico de emergencias médicas, hoy dedicado a la fotografía, que aprendió de niño en El Bronx.

Después de los atentados, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) aseguró que, tras un "riguroso monitoreo", el agua potable y el aire en el Bajo Manhattan eran seguros.

Pero según un reciente informe, 12.161 miembros del Departamento de Bomberos han sido diagnosticados con al menos una enfermedad atribuida a la exposición a las toxinas durante su trabajo en el World Trade Center.

Unos 4.496 miembros están certificados por al menos una afección de salud mental, y 10.562 por una afección de salud física.

Entre el polvo y los escombros

Tras escuchar que un avión se había estrellado contra una de las torres, Conzo y su compañero se dirigieron al lugar, donde vieron a "miles de personas que salían corriendo y solo policías y bomberos iban en dirección contraria".

"Al entrar a un edificio, oí un ruido que parecía un tren y mi amigo corrió". El edificio se derrumbó y generó una enorme nube de polvo y humo que envolvió el Bajo Manhattan, y Conzo fue alcanzado por los escombros.

Poco después lo sacaron de allí: "Busqué agua, me lavé la cara, llamé a mi madre y busqué a mi compañero para saber si estaba bien", recuerda.

Una vez recuperado, permaneció en la Zona Cero hasta el día siguiente, ayudando a sobrevivientes, muchos trasladados a hospitales de la vecina Nueva Jersey.

"Perdí a muchos amigos y todavía hay muchos enfermos", lamenta.

Tres días en la Zona Cero

Izzy Miranda, entonces instructor en la academia de bomberos y posteriormente presidente del sindicato de técnicos de emergencias médicas, paramédicos e inspectores de incendios del Departamento de Bomberos, tampoco olvida.

"Esos recuerdos -dice- están guardados como en una 'cajita' en tu cerebro".

Tan pronto supo del avión, salió de la academia junto a otros técnicos, bomberos y policías. Detuvieron un autobús de la ciudad, desalojaron a sus pasajeros y se dirigieron al lugar en medio de una inmensa congestión.

"Llegamos antes de que se cayera el primer edificio. Solo se veía humo y lo que parecían papeles cayendo, pero cuando mirabas bien, era gente tirándose. El primer bombero que murió allí fue porque le cayó una persona encima y lo aplastó", recuerda.

Mientras estaba en el edificio impactado en busca de sobrevivientes, escuchó "como un terremoto". Era el edificio que se estaba derrumbando, por lo que se alejó del lugar.

Pero la inmensa nube de polvo le alcanzó: "Parecía como algodón en la boca y no podía respirar. Me tiré debajo de un camión y usaba un pañuelo para proteger mi boca y nariz. Los ojos ardían".

Tras unos 15 minutos, entró a un edificio para lavarse y regresó.

"Antes de caerse las torres, sacábamos gente que trabajaba ahí. Después, la mayoría eran cuerpos desmembrados. Miraba si tenían tatuajes, una sortija o alguna joya" que ayudara a identificarlos, recuerda Miranda, quien también trabajó en la morgue improvisada que se levantó en el lugar.

Miranda luchó desde el sindicato por beneficios médicos para los miembros afectados, pero tampoco escapó a esa realidad: fue diagnosticado con apnea del sueño por problemas en las vías respiratorias y ha sido operado dos veces de la nariz por la exposición a los químicos.

La generación posterior al 11-S convive con su impacto

Veinticinco años después de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, una nueva generación de estadounidenses conoce el 11-S no por haberlo vivido, sino por lo que le han contado sus padres, sus profesores o los libros de historia, pero es consciente del impacto que aquellos ataques siguen teniendo en la actualidad.
Unos 100 millones de estadounidenses no habían nacido cuando cayeron las dos torres o eran demasiado pequeños para poder recordarlo por sí mismos, según Beth Hillman, presidenta y directora ejecutiva del Museo del 11-S de Nueva York.
Pew Research señala en una encuesta que el 10 % de los adultos estadounidenses nació después de 2001 y que, entre los jóvenes de 18 a 24 años, un 60 % conoció los atentados por primera vez en clase o a través de trabajos escolares. Un 16 % lo hizo por familiares o amigos, un 8 % "leyendo o viendo algo por su cuenta" y un 14 % no recuerda cómo.

Los "bebés del 11-S"
"Mi madre me lo contó cuando yo tenía unos ocho años. Me dijo que fue un día muy trágico y devastador para la ciudad", comenta a EFE Antonia, una joven de catorce años de la Gran Manzana.
Anastasia, de 18 años y estudiante de teatro en la Universidad de Nueva York (NYU), también descubrió el 11-S gracias a sus padres, que fueron "muy directos pero también cuidadosos" al explicárselo por primera vez cuando ella tenía seis años, relata a EFE.
Las escuelas del país son otra plataforma fundamental de divulgación para jóvenes como Nikita, una modelo de 20 años que recuerda cómo su colegio le explicó desde la Zona Cero lo sucedido "de una forma adaptada a los niños".
Sin embargo, pese a que en la escuela y entre las familias estadounidenses el 11-S es un tema recurrente, algunos jóvenes reconocen que aquel trágico día ya no está tan presente en el imaginario colectivo de su generación.
"Yo nací en el año 2000 y la gente me dice: 'ah, tú eres un bebé del 11-S'. Las personas de entre 40 y 50 años tienen una experiencia muy diferente a la mía", opina Verónica, también alumna de teatro en NYU.

La huella del 11 de septiembre
Aunque muchos jóvenes no conservan "un recuerdo vivo de lo que sucedió", conviven "con las consecuencias de las decisiones que se tomaron tras el 11-S", como políticas de inmigración más agresivas o las invasiones militares en Afganistán e Irak, recalca a EFE Deepa Iyer, autora de 'We Too Sing America', un libro que aborda el impacto del 11S en las comunidades del sur de Asia, árabes y musulmanes.
Así, la distancia generacional no les impide reconocer la amplia huella que han dejado los atentados en la sociedad y la política estadounidenses.
"La forma en que la gente ve otras culturas y a otras personas ha cambiado mucho. Surgieron muchos prejuicios y mucho racismo contra los musulmanes", asegura Catarina, de 18 años y nacida en Nueva York.
Anastasia recalca por su parte "el cambio que supuso en la seguridad de los aeropuertos" y agrega que, tras conocer los hechos, su "forma de ver las cosas" también ha cambiado, sobre todo ahora que vive en Nueva York: "Me hace pensar en la seguridad y en cómo mantenerme a salvo, tanto yo misma como mis amigos".

El papel de las instituciones
Ante el relevo generacional, las instituciones educativas y culturales de EE.UU. tienen como misión mantener vivo el recuerdo de las víctimas y educar sobre lo que pasó aquel día.
En los colegios de Nueva York, la historia de los atentados está incluida en los programas de octavo, décimo y undécimo grado, y se aborda tanto su impacto mundial como las historias personales de las víctimas y de quienes se acercaron a ayudar a los afectados.
Aun así, la ciudad reconoce el reto que supone educar a las nuevas generaciones, y "ese vínculo personal y ese trauma se han convertido más en un recuerdo que intentamos transmitir y trabajar con los estudiantes", explica a EFE Brian Carlin, director de Ciencias Sociales del Departamento de Educación de Nueva York.
Entre las entidades culturales destaca la labor del Museo del 11-S, que conmemora a diario a las casi 3.000 víctimas mortales y que inaugurará el 12 de septiembre una exposición dedicada al legado de servicio que surgió de aquella tragedia.
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