OPINIÓN Julián López (*)
«Sí a la Paz, no a la guerra»
Numerosos ciudadanos, entre ellos muchos católicos, están reflexionando estos días sobre la actitud que deben adoptar ante la que parece inevitable guerra contra Irak. Como pastor diocesano quiero ofrecerles mi propia reflexión. En primer lugar creo que el hecho en sí no puede dejar indiferente a nadie. No caben inhibicionismos o encogimientos de hombros, cmoo si la posibilidad de esta guerra anunciada no nos afectara en modo alguno. Y no me refiero a las consecuencias que puedan derivarse de la mayor o menor implicación de nuestro país en el conflicto, como tampoco a las repercusiones de la economía mundial. No pretendo negar el derecho de los pueblos a defenderse adecuadamente ante el peligro terrorista que amenaza con guerras químicas y bacteriológicas. Apelo sencillamente a una toma de conciencia sobre un problema concreto que está ocupando, con razón, las primeras páginas y los primeros minutos de la información escrita y hablada. La guerra es un mal temible siempre. En caso de agresión, grave y cierta, es legítima la defensa mediante la fuerza militar, pero sólo cuando se han agotado los demás medios para solucionar el conflicto y cuando el empleo de las armas no entrañe males más graves aún que el mal que se pretende evitar, como sería, por ejemplo, la aniquilación de una población civil inerme e inocente. Pero estos principios, apenas esbozados, están muy condicionados en su aplicación concreta. Y hoy lo están aún más porque, como se viene diciendo repetidamente, el conflicto que se avecina es una guerra preventiva que quiere salir al paso de una agresión que se considera previsible. Esto hace aún más complejo y confuso el juicio sobre la legitimidad del ataque. Por eso no lo tienen nada fácil los gobernantes, y cuando mayor es su poder de decisión más grave es la responsabilidad. Por eso es necesario que la ciudadanía, las instituciones sociales y aún las personas relevantes del ámbito del pensamiento se producen abiertamente de forma democrática, después de formarse un criterio al respecto. Los obispos norteamericanos, por medio de su presidente, Wilton Gregory, ya se dirigieron al presidente Bush en septiembre del año pasado, poniendo en duda tanto la conexión directa entre Irak y los ataques del 11-S como la evidencia de un ataque aún más grave. Su conclusión era que el ataque a Irak sería muy difícil de justificar. Y hemos de reconocer que, todavía hoy, la incógnita no se ha despejado. El Patriarca de los católicos de Bagdad, Rafael I Bidawid, ha advertido también que una nueva guerra desencadenaría un choque de proporciones incalculabes dentro del mundo musulmán y que el pueblo irakí, después de doce años de aislamiento, no puede soportar más sufrimiento. Y finalmente el Papa Juan Pablo II, el 13 de enero, ante los 177 embajadores de todo el mundo acreditados ante la Santa Sede, ha afirmado, mencionando los conflictos de Medio Oriente, con Tierra Santa e Irak, y los vaivenes que conmueven a Sudamérica, un rotundo «Sí a la vida», el respeto del derecho y el deber de la solidaridad, y un más enérgico aún «No a la guerra». A continuación añadía: «es posible cambiar el curso de los acontecimientos si prevalece la buena voluntad, la confianza en el otro, la puesta en práctica de los compromisos adquiridos y la cooperación entre miembros responsables». Como ciudadano y como obispo me adhiero a este juicio de Juan Pablo II, que lleva 24 años tratando de reconciliar cristianos, judíos y musulmanes y predicando siempre la purificación de la memoria, el perdón y la colaboración fraterna, únicos caminos de superar para siempre el desprecio mutuo, la hostilidad y, en definitiva, el peligro de nuevas muertes. Todavía se está a tiempo de evitar una nueva catástrofe. (*)Julián López es Obispo de León.