OPINIÓN Javier F. Arribas
¿Queda esperanza?
Hay una coincidencia entre Sadam Huseín y Yaser Arafat: Estados Unidos quiere su desaparición del poder, en Irak y en Palestina. Y lo quiere ya, ahora, sin esperar más. A partir de esta condición se podrán establecer otras coincidencias e incluso hay quien esta vendiendo que la intervención militar en Irak es un primer paso que persigue un profundo cambio político en la región a través del efecto contagio de la democracia. Y como primer resultado, que sirva además como una de las justificaciones de una acción bélica angloamericana al margen de la ONU, se habla de un encauzamiento del proceso de paz entre israelíes y palestinos hacia una solución definitiva. Hay muchas perspectivas encima del tablero de las relaciones internacionales pero la que se percibe más cercana es que está a punto de saltar por los aires, aunque los ministros de Asuntos Exteriores del Reino Unido y España confíen en lograr el apoyo de los que se niegan, por ahora, al uso de la fuerza. El plazo del ultimátum es de diez días. Poco tiempo para que aparezcan nuevas evidencias ocultas y se culminen las negociaciones que salven la cara y los intereses de todos. Si no se evita la ruptura total, nos espera la incertidumbre de un nuevo orden internacional con Estados Unidos y sus intentos de hegemonía mundial. De dominio del dólar frente al euro con países como Francia y Alemania jugando a la contra. Entre tanto, nadie puede confiar en que la desaparición de Sadam y su amenaza de destrucción masiva implique un compromiso firme y garantizado del presidente Bush para forzar una solución al conflicto palestino-israelí. Primero, porque exige la salida de Arafat. Segundo, porque el primer ministro de Israel, Ariel Sharon, no representa ninguna esperanza de paz pero ha conseguido el doble de votos en las recientes elecciones. El pesimismo es la tónica actual a la hora de pensar en una relación directa entre la solución a la crisis de Irak y la de Oriente Próximo. Pero la esperanza es lo último que se pierde.