OPINIÓN
La postguerra se complica
LA GUERRA de Irak vuelve lentamente al escenario político norteamericano, empieza a contaminar sin remedio la precampaña electoral y atenúa la seguridad optimista del gobierno y la sociedad sobre la buena decisión: a los indicios abrumadores de mentiras sobre las armas de destrucción masiva o seguras conexiones con Al Qaida se añade el goteo de pérdida de vidas norteamericanas. Desde que el pasado 1 de mayo el presidente Bush diera por concluida la guerra (en realidad dijo, por precauciones jurídicas y militares, que terminaba la fase fundamental de las operaciones) han muerto 57 militares en accidentes vinculados a la ocupación o, dieciséis de ellos, a manos de una embrionaria guerrilla. El recurso generalizado al RPG ( rocket propelled grenade ), un arma de la que, por ejemplo, no dispone la resistencia palestina, indica claramente que un gran stock de las mismas, letales en ataques contra convoyes de tropas, había sido constituido minuciosamente antes de la caída del régimen. Vale decir lo mismo para minas y rifles de precisión que han permitido actuar también alguna vez a los francotiradores. Hay también dinero abundante en juego y, tal vez, primas pagadas generosamente a los rebeldes por cada baja en las filas de la Coalición. Y la mezcla de los dos argumentos (resistencia político-patriótica y estímulos económicos) ha ayudado a la aparición de una resistencia que sin tener un solo mando único y centralizado (tal es la tesis norteamericana expresada por el general McKiernan, el duro que manda las tropas de tierra en Irak) aparece como sistemática y coordinada. Hay, en fin, un elemento añadido: de creer informes norteamericanos de prensa, combatientes islámicos extranjeros estarían llegando a Irak para unirse a la resistencia. Habría incluso algún checheno y el perfume militante que rezuma la información remite a una sorpresa considerable: se estaría produciendo una alianza entre baasistas (nacionalistas pan-árabes laicos) e islamistas. La operación Escorpión del desierto intenta terminar con el problema en el centro y oeste del Irak. Y, sobre todo, buscar pistas que conduzcan a Sadam y/o sus hijos que podrían haber sido alcanzados en el otro misterioso ataque.