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ENRIQUE VÁZQUEZ
León

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SÓLO quien haya vivido en una sociedad musulmana interioriza lo que es y significa el mes de Ramadán, la alteración de la vida ordinaria y de la psicología colectiva... una especie de tregua destinada a ser distintos y confraternizar al anochecer con la renovación de las relaciones sociales y el intercambio de cenas y visitas. La coalición lo sabía muy bien y suprimió el toque de queda en Bagdad para facilitar las cosas y unirse al júbilo. En vano: cinco terribles atentados causaron ayer en Bagdad al menos 43 muertos, un río de sangre coincidente con la muerte de otros cuatro militares estadounidenses, incluido un coronel en el ataque del sábado contra el hotel que alojaba al subsecretario Wolfowitz. El deterioro de la situación es inquietante. Las bombas, cohetes y granadas de ayer son un deliberado y trágico mensaje el primer día del Ramadán y, en cierto modo, eran esperados, pero no con esa magnitud. El ataque contra la sede de Cruz Roja, la más respetada de las instituciones internacionales, ejemplarmente apolítica y benéfica, es un ataque contra los extranjeros y las bombas contra las cinco comisarías, que han matado a una docena de policías y muchos viandantes, un aviso a los colaboracionistas. La virulencia del ataque contra los agentes es transparente: los terroristas (o la resistencia, o los insurgentes, sustantivo preferido por las grandes agencias anglófonas, que hacen la jerga) saben muy bien que el diseño de seguridad norteamericano, confesado abiertamente por Wolfowitz el viernes, pasa por crear una policía potente, bien adiestrada y pagada, antes que un ejército. Es, además, un medio de iraquizar lo antes posible la crisis empezando por su dimensión más acuciante: la seguridad. Tal dimensión es inseparable, por impopular que sea esta tesis en las filas de la coalición, del conjunto abierto por la invasión y no remite a una derrota puramente militar de la resistencia. Que Sadam Huseín sea o no el jefe de la misma es relativamente secundario, por raro que esto parezca. Su captura sería una gran baza para la coalición, desde luego, pero no terminaría con la resistencia. Una afirmación notable que ha hecho alguien de quien no podría esperarse hace dos o tres meses: Paul Bremer.

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