Diario de León
Fernando Jáuregui

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EL HOMBRE responsable de que el Tribunal Penal Internacional no esté funcionando como debería ha pedido la pena de muerte para Sadam Huseín. El hombre responsable de haber enviado a la cámara de gas o a la inyección letal en nombre del Estado a cientos de personas se arroga el papel de juez. George W. Bush, líder, a mi entender errado, de una gran nación a la que debemos mucho y de la que tenemos derecho a esperar mucho, propone nuevamente una tropelía: que desde el Estado de Derecho que queremos construir los occidentales, para ejemplo de dictaduras, se condene a la pena capital al tirano. Porque Sadam es un tirano, un aborrecible dictador culpable de miles de crímenes. Pero no merece la pena de muerte. Nadie merece la pena de muerte. Nadie puede arrogarse el derecho a matar esgrimiento la ley. Y, por cierto, ¿qué ley es la que se esgrime? ¿La ley iraquí, es decir, la ley -única existente- dictada por los legisladores y aplicada por los jueces -únicos que se conocen- de la época del tirano? ¿Debe ser de acuerdo con esa ley como se juzguen los patentes crímenes de Sadam Huseín? ¿O se improvisará una ley especial, se nombrarán unos jueces ad hoc , para juzgarle? Claro que no estoy reclamando que Sadam quede impune. Claro que no. Pero habrá que buscar, a la luz del Derecho Internacional, una solución para el caso. Juzgarle en Estados Unidos sería un auténtico desmán. Llevarlo ante una Corte internacional, muy difícil. Un juicio en Irak, donde ni existe un verdadero gobierno, ni una representividad popular, ni un Estado como tal, sería una auténtica mascarada. La propuesta de Bush -pena de muerte para el ex dictador iraquí- es una provocación, entre otras cosas dirigida a la Unión Europea, donde la pena capital está considerada como un crimen de Estado. Hay cosas, es lamentable tener que decirlo así, en las que seguir la estela del actual presidente norteamericano resulta, ética y estéticamente, imposible. Matar a Sadam sería un error y un horror. Aborrezcamos al tirano sanguinario, pero aún más, abominemos de la pena de muerte.

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