OPINIÓN
Rehenes de sus aliados
CADA VEZ que Paul Bremer viaja a Washington se adivinan en el desplazamiento urgencias graves y la necesidad de consultas al más alto nivel sobre la posguerra iraquí: esta vez sólo es así parcialmente, porque su viaje obedece a una importante cita prevista hace mucho con el secretario general de la ONU. En efecto, desde antes de Navidad se organizó un encuentro de alto nivel para tratar del papel final que Naciones Unidas pueden y/o deben jugar en Iraq, un asunto grave y recurrente que ha permitido subrayar las visibles diferencias de opinión entre la administración Bush y Kofi Annan. Presionado para que la ONU vuelva en seguida a Bagdad, el secretario general ha utilizado la falta de seguridad tras el terrible atentado de agosto que costó la vida a tantos funcionarios para encubrir reticencias políticas. Annan, quien ha manejado la crisis con una mezcla de dignidad, independencia, brillantez táctica y pragmatismo de fondo, no oculta su poca sintonía con los planes de Washington y Londres. A la reunión del lunes asistirán Bremer y su segundo en la Coalición, el enviado especial Jeremy Greenstock, un ex embajador en la ONU y viejo conocido de Annan, con sus equipos de asesores y el Consejo interino de gobierno estará representado por su presidente de turno, Adnam Pachachi, y dos símbolos de los factores clave, el jefe de fila de los pro-americanos y favorito del Pentágono, Ahmad Chalabi y Adel Abdul Mehri, en nombre de la primera formación chií, el Supremo Consejo de la Revolución Islámica. Todo esto estaba previsto, pero no lo estaba tanto que la reunión tuviera lugar cuando el hombre clave de la mayoría chií, al gran ayatollah Alí al-Husseini al-Sistani, ha lanzado, con su estilo sobrio y distante, un auténtico desafío al plan de los ocupantes: debe haber elecciones directas incluso para la primera asamblea que, según Bremer, debería ser designada por instancias tribales, regionales y grupos de intereses tradicionales a lo largo del país. Y esto es lo que se dilucida ahora en los despachos de Washington. Los cerebros de los estrategas hireven. La Casa Blanca, Washington al completo necesita a los chiíes porque ellos, en su día, ganarán las elecciones y porque son los que aceptan, transitoriamente, la presencia norteamericana y mantienen la calma (frente a la resistencia armada sunní). Pero ¿aceptarán ser rehenes de la voluntad de un solo hombre, un viejo desdeñoso y solitario?