Diario de León

Los 60 kilómetros de mar que unen Kalmunari y Potuvil son la Zona Cero de la catástrofe

La costa de Sri Lanka sigue cubierta de cuerpos días después delt sunami

El comienzo del curso escolar obliga a desalojar colegios e instalar tiendas La cumbre de Yakarta adjud

JASPER JUINEM

JASPER JUINEM

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León

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Sri Lanka también tiene su Fisterra. Es Komari, el punto más oriental de la isla, un lu-gar al que el tsunami cambió el olor de las es-pecias por el del insoportable he-dor de la muerte. Esa Fisterra asiá-tica está también en el centro de la que podría considerarse como la Zona Cero del asolado golfo de Bengala (la sudamérica del sureste asiático si se obvia a la ponderosa y emergente economía de la India). Aunque el mayor número de víctimas oficiales se registra en Indonesia (94.081, el 0,045% de la población), Sri Lanka (nombre recogido en las crónicas épicas hindúes y recuperado por la Antigua Ceilán en la Constitución aprobada en 1972) contabiliza ya 30.196 muertos, el 0,15% de sus habitantes. Si se desmenuza todavía más la cifra relativa a esta isla 4.000 cuerpos fueron recuperados en la zona noreste de Trincomale (donde están médicos españoles) y 4.500 en el área turística de Galle, al sur de la capital, Colombo. El resto estarían repartidos por esos 60 kilómetros de litoral este entre Kalmunari y Potuvil (se estima que más de la mitad son de la etnia tamil), una serie de playas que todavía hoy, doce días después de la tragedia, continúan sembradas de cadáveres, pequeños barcos que coronan los tejados semiderruidos y millones de trozos del paraíso desgarrados por el mar. «Hay pueblos que han desaparecido por completo. Estaban levantados junto a la arena y ahora no queda nada. Parece como si la playa hubiese quedado completamente limpia de vida», dice Rada, una de las encargadas de coordinar a los voluntarios de Cruz Roja de Sri Lanka. Tras escuchar los primeros ecos del maremoto, unos 10.000 voluntarios ocasionales se ofrecieron como Darghana, Resadeniya, Washante o Sanathe, unos jóvenes estudiantes de veinte años, para asistir a los que corrieron peor suerte que ellos. La distancia de la capital, -las más que modestas infraestructuras dibujadas entre campos de arroz y que ponen a la primitiva N-VI antes de haberse construído el Puente de Cruzul, en Becerreá, a la altura de las autopistas de Alemania-, las lluvias de hace unos días y el temor a los tamiles, etnia hindú que representa el 15% de la población frente al 70% de budistas, 9% de musulmanes y un 7,5% de cristianos desde católicos hasta protestantes, han sido también unos de los principales obstáculos para poder acceder a esa zona, una de las más pobres del país y a la que comienzan a llegar las primeras ayudas. Nuevo curso escolar Lo que sí es real es que, en breve, comenzarán a instalar tiendas de campaña en algunas de las zonas donde hasta ahora se han improvisado los campos de desplazados (ubicados en templos budistas y en escuelas). Y es que el tiempo apremia, ya que el próximo lunes comenzará el nuevo curso escolar tras las trágicas vacaciones.

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