Diario de León

| Análisis | Las consecuencias de la decisión de Asad |

Siria en su camino de Damasco

El presidente Asad trata de disimular la humillación de su retirada de un Líbano que se prepara para establecer un nuevo equilibrio en el delicado reparto de poder

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Miguel Á. Murado - redacción
León

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Asad no es el apellido de Bashar al-Assad, el presidente sirio. Es un mote: en árabe significa «el león». Pero ni siquiera es su mote, es heredado de su padre Hafez, y sin duda le viene grande. El débil rugido con el que se esperaba ayer que anunciase el repliegue de sus tropas en Líbano lo demuestra. Todo sea dicho, tampoco los tiempos son los mismos que los de su padre y Bashar ha tenido que ir cediendo en mucho desde su ascenso al poder en el 2000. Siria sigue siendo un país paria para Estados Unidos, pero en ningún modo un país rebelde: lejos de albergar redes terroristas (como a veces se ha dicho) ha prestado una valiosa colaboración a la Inteligencia norteamericana y aunque se opuso a la guerra de Irak, ha recibido a su dudoso presidente Alawi, ayudado a organizar sus elecciones y levantado una verja de 600 kilómetros en la frontera para impedir el paso de voluntarios y armas. No es por convicción, evidentemente. Simplemente, Siria no tiene más remedio que obedecer. Lo mismo sucederá con su marcha del Líbano. Sólo quedan por aclarar los detalles simbólicos, el si será una retirada humillante, como la de Israel del 2000, o se podrá disimular con un repliegue gradual. Es más probable lo segundo: nadie en el mundo árabe quiere ver la humillación de Siria, que se tomaría como una humillación de todos ellos. Casi seguro que el anuncio de ayer en el parlamento es ya el resultado de la negociación con Egipto y Arabia Saudí a cambio de que retiren el asunto de la agenda de la conferencia de la Liga Árabe en Argel este mes. Esto permitiría a Asad presentar su marcha como un cumplimiento de los acuerdos de 1989 en Taif, un póstumo homenaje con los dientes apretados al asesinado Rafic Hariri, que los redactó. Proyecto de democracia La marcha de los sirios sin duda mejorará sustancialmente la calidad del proyecto de democracia libanesa, y pondrá fin a las intromisiones en su política, y los abusos de los servicios secretos sirios en Líbano (tan brutales allí casi como en la misma Siria). Pero conviene no romantizar a la oposición libanesa. Aquí se le llama la «revolución del cedro» (por el árbol nacional libanés, por cierto extinguido hace siglos), pero en Líbano muchos la llaman jocosamente la «revolución Gucci». El campo antisirio está, efectivamente, formado sobre todo por jóvenes cristianos y algunos sunníes ricos que, aunque muy influyentes, distan de ser una mayoría clara. Irónicamente, son los mismos partidos de la derecha cristiana que llamaron a los sirios en 1976 (con el beneplácito de Estados Unidos e Israel) para que aplastasen a la coalición de palestinos, izquierdistas y drusos. El líder de estos últimos, Walid Jumblat, es ahora el portavoz de un movimiento que incluye a figuras tan poco recomendables como Camille Chamoun, el encarcelado Samir Geagea y el exiliado general nacionalista Michel Aoun, por cierto fiel aliado de Sadam Hussein hasta en los tiempos de la primera guerra del Golfo. A la vez, el extraño asesinato de Hariri ha dejado casi vacío el campo prosirio, donde ya sólo queda la milicia chiíta Hezbolá, no tanto porque Siria le preste ayuda (su principal espónsor es Irán) como porque a la marcha de los sirios seguirá seguramente la exigencia norteamericana de que les desarmen a ellos. Para Hizbullah, que logró el casi monopolio del patriotismo libanés con esas armas al echar a los israelíes, dejarlas sería una renuncia muy dura, pero más duro aún sería renunciar a ese patriotismo ahora que la bandera libanesa ha pasado a manos de los manifestantes vestidos de Gucci. Búsqueda del equilibrio ¿Qué ocurrirá? La política libanesa tiende a buscar siempre un equilibrio. Cuando funciona, lo hace mejor que en cualquier otro país árabe; cuando no, el resultado es peor que en cualquier otro país árabe. La guerra civil es una posibilidad, pero no la más probable. El mayor peligro es más bien que el gobierno pierda el control sobre el país y éste se convierta de nuevo en un territorio de frontera, con milicias privadas y quizá terrorismo. Para evitarlo seguramente se esté ya pensando en una fuerza de paz, posiblemente de la Liga Árabe. Enviar tropas francesas, y ya no digamos norteamericanas, por muy fuerte que pueda ser la tentación en Washington, podría desatar un segundo Irak. En todo caso, Siria ya no tendrá nada que decir al respecto. Para entonces, sus tropas se encontrarán ya en el camino de Damasco. Que esto conduzca a una súbita transformación, como le sucedió a San Pablo cuando seguía esta misma ruta, es ya más improbable. La estrategia favorita del primer Assad, será la que ensaye el segundo: Quedarse quieto y rugir. Como un león herido.

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