| Crónica | Los controles norteamericanos |
Un segundo entre vivir o morir
La tensión y el miedo a los ataques pesan en unos soldados que no esperan a identificar bien el objetivo para abrir fuego
Aquella mañana del 13 de abril del 2003, en el hospital Al Yamouri de Mosul una ráfaga de ametralladora sonó por encima de los gritos de un hombre al que le estaban cortando una pierna sin anestesia. Fuera, la ciudad, que había caído el día anterior, era un caos de disparos y de explosiones. Salimos a la puerta del hospital para ver de dónde venían los disparos, lo justo para comprobar que la patrulla norteamericana que había montado un control a las afueras del hospital había abierto fuego contra un coche iraquí. Otra ráfaga más y el vehículo se estrelló, con su conductor acribillado, contra uno de los lados de la calle. Su acompañante fue sacado del coche gravemente herido. «Llevaban armas e iban a atacar el hospital. Se les veía la intención porque iban muy deprisa», dijo por toda explicación el jefe de la patrulla norteamericana. En el coche no había armas. «Se las habrá llevado el tercer hombre, el que ha huido», replicó el militar. Nadie había visto a ese tercer hombre. Tres meses después, cuando la resistencia iraquí empezó a dar verdaderas señales de vida, viajamos de Diwaniya a Bagdad para cubrir el atentado contra la sede de Naciones Unidas que había acabado con la vida del enviado especial de Kofi Annan, Sergio Vieira de Mello. Condujimos cuando ya era de noche. Del trayecto de ida, recordábamos que, en algún punto del camino, había un control de los marines y no queríamos llegar demasiado deprisa. A mitad del trayecto, de la oscuridad surgieron un par de blindados norteamericanos. Como era de noche habían desmontado el control de carreteras y se habían convertido en una patrulla. Hicimos parar el coche pensando que eso era lo que querían. El conductor lo hizo de forma brusca y los marines lo interpretaron como un ataque. En apenas unos segundos los soldados se parapetaron detrás de los vehículos y encendieron las miras láser de sus fusiles. Al instante siguiente, el hilo rojo de una de ellas temblaba sobre el cuerpo de nuestro conductor. Con medio cuerpo fuera gritamos «¡Prensa!». En esos segundos en que no dis-pararon, ya habíamos llegado casi a su altura, y un marine con la tensión dibujada en el rostro nos gritó que nos largáramos. Al día siguiente, comentamos el incidente con soldados españoles. Por lo que habían visto, los marines eran «demasiado jóvenes, con demasiado miedo y el gatillo demasiado fácil». «Habéis tenido suerte», nos dijeron. Giuliana Sgrena y sus acompañantes no la tuvieron.