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Histeria y violencia en Neve Dekalim
El Ejército israelí ha tenido que hacer frente a los que, terminado el plazo, se niegan a dejar los asentamientos. Muchos de los soldados no han podido contener los nervios ni las lágrimas

Dos soldados consuelan a un colono que se lamentaba por el abandono de Neve Dekalim
La entrada de soldados y policías en las calles de Neve Dekalim, la mayor colonia de la franja de Gaza, provocó ayer escenas de violencia entre jóvenes ultranacionalistas y fuerzas del orden, que deben evacuar el asentamiento por la fuerza. Al paso de los militares, las mujeres gritaban y les insultaban mostrándoles a sus hijos más pequeños en un intento de hacerles dar marcha atrás. Mientras, los jóvenes crearon barricadas y quemaron contenedores de basura, planchas de madera y neumáticos para impedir el paso de los soldados. El calor y el humo eran insoportables en las calles de esta colonia, donde viven unas 2.500 personas, de las cuales la mitad aproximadamente abandonaron sus casas en los últimos días, según portavoces militares. Lugares sagrados En la sinagoga permanecían atrincherados cientos de jóvenes que desean defender este lugar sagrado de los militares y celebraron una emotiva ceremonia en la que la Torah (libro sagrado) fue simbólicamente retirada del lugar. «Esperamos que esta Torah que hoy es expulsada de Neve Dekalim pueda volver un día a esta tierra», confió el rabino Harav Mordechay, con la voz quebrada por el llanto. Los soldados, que han sido especialmente entrenados para esta situación perdían la compostura y la paciencia ante los jóvenes, que eran poco a poco introducidos en autobuses y conducidos al puesto de frontera de Kissufim, es decir, fuera de la franja de Gaza. Las mujeres soldados se acercaban a las adolescentes para convencerles de entrar en los vehículos pacíficamente. En muchos casos, hacían falta seis agentes para introducir a un joven en el autobús y una vez dentro, los activistas rompían los cristales para volver a escaparse. Exhaustos por el esfuerzo y el calor, los militares se refugiaban en la sombra para recuperar fuerzas. Algunos perdían los nervios y acababan llorando.