Diario de León

La conciencia del Holocausto

La historia de Simon Wiesenthal es la misma que la de millones de judíos que sufrieron la masacre de los alemanes. Lo que le ha hecho especial es que haya perseguido a los culpables de ese terror

Wiesenthal paseando en 1992 por un cementerio judío de Austria, profanado con símbolos nazis

Wiesenthal paseando en 1992 por un cementerio judío de Austria, profanado con símbolos nazis

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Jorge Casanova - redacción
León

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Cuando Simon Wiesenthal fue liberado en 1945 del campo de concentración de Mauthausen, apenas pesaba 45 kilos y sus ojos, probablemente, no reflejaban nada. Había sobrevivido al horror nazi, a la tentación del suicidio y había perdido a 89 miembros de su familia. La mayoría de los judíos liberados por las tropas aliadas regresaron a sus casas, o a lo que quedaba de ellas, con el afán de olvidar el Holocausto. Pero Wiesenthal no. «El mayor pecado es el olvido», solía decir. De manera que aquel judío escuálido que había nacido en lo que hoy es Ucrania, se puso a trabajar con el Ejército de Estados Unidos para rastrear información sobre los crímenes de guerra nazi y, en 1947, fundaba el Centro de Documentación Judía en la ciudad austríaca de Linz. El cambio de actitud de las potencias, volcado hacia la guerra fría no arredró a Wiesenthal, que puso en marcha una fabulosa y tenaz red de informadores que acabó por convertirse en la mayor pesadilla de los nazis que intentaban recolocarse por el mundo adelante. En 1953, Wiesenthal, a través de sus informadores en Argentina, proporcionó al Mossad (servicios secretos israelíes) la pista definitiva para localizar a Adolf Eichman, el responsable de ejecutar la solución final, quien vivía en Buenos Aires bajo el nombre de Ricardo Clement. Eichman fue capturado por el Mossad en una operación clandestina, llevado a Israel, juzgado y condenado a muerte. Sus cenizas fueron diseminadas por el Mediterráneo lejos de las aguas jurisdiccionales del Estado judío. Para entonces, la leyenda de Wiesenthal ya se había puesto en marcha. Desde su Centro de Documentación Judía de Viena, Simon Wiesenthal y sus colaboradores abrieron más de seis mil expedientes sobre criminales de guerra y reconstruyeron pormenorizadamente la estructura de mandos de las SS. El propio Wiesenthal investigó personalmente más de tres mil casos, con sonados éxitos y no menos sonados fracasos, aunque lo cierto es que ayudó a llevar ante la justicia a 1.100 criminales nazis. En 1963, desenmascaró a Karl Silberbauer, el responsable de la detención de Ana Frank. También localizó a Franz Stangl, comandante de los campos de exterminio de Sobibor y Treblinka. Stangl fue detenido en Brasil, extraditado a Alemania, juzgado y condenado a prisión, donde murió. El fracaso Mengele Con quien Wiesenthal no pudo fue con el temible Joseph Mengele, el Ángel azul , uno de los criminales de guerra más salvajes de la historia y famoso por sus experimentos con gemelos en los campos de concentración nazi. Mengele logró dar esquinazo a Wiesenthal igual que Bormann o Barbie, algunos de los asesinos a los que había perseguido con mayor intensidad. Bien es cierto que el cazanazis tuvo que trabajar siempre con pocos apoyos. A pesar de sus contactos con el Ejército americano en los primeros años de la posguerra, el establecimiento de la guerra fría hizo perder interés a las grandes potencias en los criminales de guerra y, de hecho, Wiesenthal lamentó amargamente cómo no pocas veces sus investigaciones acabaron en saco roto por la desidia de otros países. El último de sus casos más conocidos fue el desenmascaramiento de Kurt Waldheim cuando era secretario general de la ONU. Quizás por eso, por ser implacable, tuvo también muchos detractores.

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