OPINIÓN
El laberinto europeo
LA UNIÓN Europea no se ha parado tras los noes a la Constitución y el fracaso de la negociación sobre el presupuesto en junio. Las instituciones siguen funcionando con normalidad y la nueva comunidad de veinticinco Estados poco a poco va adaptándose a su nueva realidad. Sin embargo, no tiene líderes ni ideas atractivas y tras las expectativas generadas hay sensación de crisis, como si se caminase por un laberinto sin saber por dónde ir y cuál es la salida. La actual presidencia británica no tiene soluciones mágicas, a pesar de la capacidad política de Tony Blair. El pasado 3 de octubre su hábil diplomacia se empleó a fondo para lograr la apertura de negociaciones con Turquía, aún sabiendo que a medio plazo nadie asegura el ingreso de este país de mayoría musulmana en la Unión Europea. Ahora Blair se prepara para dar otro paso más, tal vez el más importante de su presidencia, y trata de cerrar antes de diciembre el pacto presupuestario para 2007-2013. Ha pactado una tregua con el debilitado Jacques Chirac y enseguida tejerá una alianza en temas económicos con la recién llegada Angela Merkel. Tony Blair estaría dispuesto a renunciar a parte del cheque británico si la política agrícola empieza a reformarse, más allá de los cambios que ya se han producido. Una de sus ideas fuerza es destinar parte del dinero de subsidios agrícolas a la cooperación al desarrollo, un gesto noble hacia aquellos países en vías de desarrollo que durante décadas se han visto perjudicados por el intervencionismo agrícola europeo. Respecto a las reformas económicas y sociales que Blair propugna, nada presagia a corto plazo la posibilidad de un programa liberalizador para las economías europeas pilotado desde Bruselas, más allá de las buenas ideas del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso. Pero la crisis llevará al crecimiento: en el día a día la Unión de los Veinticinco sigue funcionando y se consolida. Tarde o temprano esta comunidad se fijará otra vez tareas ambiciosas, en clave económica y de soft power, a la vez que pone la gestión de la inmigración en el centro de sus debates.