La violencia urbana se extiende desde Francia a Bélgica y Alemania
?a preocupación con la que las capitales europeas observan las explosiones de barbarie que se dan desde hace casi dos semanas en barriadas marginales de toda Francia se hizo ayer más que evidente tras la aparición de vehículos quemados en dos ciudades alemanas y en Bruselas. Polos de atracción desde los años sesenta para masas de inmigrantes magrebíes o turcas, las sociedades europeas más acomodadas soportan tasas de población extranjera muy importantes. El último informe sobre Migraciones de la OCDE, que data de 2004, situaba el porcentaje de población extranjera en Alemania, en el año 2001, en el 8,9 por ciento del total, que era el 9,4% en Austria, el 8,2% en Bélgica, el 4,3% en Holanda y el 4,4% en el Reino Unido, por citar cuatro casos significativos, además del francés. Ese informe señala que de los extranjeros llegados a Francia en 2001, 18.700 procedían de Marruecos, 15.100 de Argelia, 6.900 de Turquía y 6.500 de Túnez, lo que arroja un 33,48% de inmigrantes de origen magrebí y turco en Francia, sobre los 141.000 censados sólo ese año. Sin esperanza de prosperar En muchas de esas sociedades, la inmigración nutre bolsas de marginación con escasas o nulas posibilidades de prosperar. La ira malamente contenida durante años que desborda estos días en Francia tomó las calles de Bruselas en 1991 y 1997 por incidentes aparentemente banales, que pusieron en jaque a las fuerzas públicas de seguridad, y que forzaron un debate nacional sobre la sinceridad de los esfuerzos de integración que la sociedad belga decía realizar. Con semejantes antecedentes, poco tiene de extrañar que las autoridades belgas confiesen estar siguiendo el desarrollo de los acontecimientos en Francia con gran atención. El incendio de cinco coches a primeras horas de la noche del domingo en tres calles del barrio bruselense de Saint Gilles, una de las comunas de la capital belga que soporta mayores tasas de inmigración, desató ayer la alarma. Lo mismo que en Berlín, donde fueron quemados otrso cinco coches. El centro de crisis del Gobierno federal sigue de cerca los acontecimientos que se viven en Francia, y los primeros responsables de las tres comunas (municipalidades) bruselenses con mayores índices de población inmigrante, la ya citada de Saint Gilles más las de Forest (donde estallaron los sucesos de 1991) y Anderlecht, se reunieron de urgencia para analizar las medidas a tomar y «evitar cualquier género de contagio». En Bruselas, Holanda y Alemania se intenta resaltar las diferencias existentes entre el «caso francés» y la situación por la que atraviesan los inmigrantes en estos otros países miembros de la UE. Se apuntaba en todas esas declaraciones la diferencia de las condiciones de vida en las barriadas periféricas de París, pobladas por bloques inmensos de viviendas de pésima calidad, en las que se amontonan los inmigrantes bajo la vigilancia lejana de las fuerzas de seguridad, con las condiciones que se registran en otros socios comunitarios. Menos concentración, menos deshumanización y vigilancia más próxima, serían las claves merced a las cuales belgas, holandeses y alemanes creen poder sustraerse a episodios como los de Francia.