Diario de León
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Enrique Vázquez - madrid
León

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Por razones bien conocidas, Ariel Sharón no puede opinar sobre la victoria apabullante de Hamás en las elecciones del miércoles en los territorios ocupados, pero se debe recordar hoy su orden de asesinar hace menos de dos años al fundador y jefe espiritual del movimiento, el jeque Yassin y a su sucesor, el médico Abdulaziz al-Rantissi. Los asesinatos, con la imprescindible luz verde del primer ministro, como en todos los casos, causaron un fortísimo impacto en la región y la comprensible ira de la gente, pero sólo unas frases litúrgicas de reprobación en Occidente, hostil, en nombre del derecho, a las pudorosamente llamadas ejecuciones extrajudiciales. Por aquellos días, la ceguera política del gobierno israelí le regaló, sin saberlo, un buen puñado de escaños a Hamás. Ochenta escaños, de un total de 142, ha obtenido ahora el movimiento porque, de hecho, a los 76 oficiales hay que añadir los cuatro formalmente independientes, pero en su órbita y bajo su disciplina. Esta marea verde ha capitalizado hasta cotas imprevisibles su sacrificio en la resistencia contra la ocupación, su éxito en la prestación de ayuda polivalente a los pobres a través de una tupida red de asistencia social y su buena imagen frente a la corrupción del viejo «establishment» de Al Fatah. Los dos líderes más visibles sobre el terreno, Ismail Hanía y Mahmud al-Zahar, tienen ahora un cierto blindaje: es de suponer que Israel no estará sopesando asesinarlos. Ventajas de la democracia de las que no es seguro que goce quien pasa por ser el jefe de la Oficina Política del movimiento en el exilio, Jalil Mashaad, a quien se atribuye domicilio en Damasco, pero vive a salto de mata intentando sortear el largo brazo israelí, que ya intentó matarlo en Amman cuando era primer ministro Benjamin Netanyahu. Politizado y activista hasta el fanatismo, el Hamás debe hacer ahora la prueba del gobierno bajo un diario escrutinio público y hacerlo mejor que sus predecesores. Se da por prorrogada «sine die» la tregua vigente y no se extrañen si su reconocida destreza táctica se acomoda al nuevo escenario sin gran dificultad. Es probable que el nuevo gobierno tenga una tonalidad tecnocrática o que el primer ministro sea alguien ajeno al movimiento (se susurra el nombre de Salam Fayyad, elegido en otra lista, competente ex ministro de Hacienda y hombre muy bien visto en Washington). Llegó la hora de la política.

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