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El problemático sacerdote español

Carlos Rodríguez, en una foto de archivo tomada a finales del 2004
Cuando el periodista de EFE se presentó recientemente ante un portavoz oficial de Uganda, al funcionario sólo se le ocurrió decir: «¿Español?. Tenemos un sacerdote español en el norte que nos está dando algunos problemas». Ese sacerdote problemático se llama Carlos Rodríguez, nació en Madrid hace 46 años y vive desde hace 18 en el norte de Uganda, una de las regiones más atormentadas de África. «Father Carlos», como todo el mundo le llama en Gulu, está al frente de Justicia y Paz , una organización que se ocupa de las víctimas de la guerra. Carlos Rodríguez eligió Kampala para estudiar Teología, cuando tenía 24 años, y, ya ordenado sacerdote, regresó a Uganda en 1991. Ahora le cuesta abandonar el país: «Se me ha olvidado cómo se vuelve», bromea el sacerdote. El padre Carlos ha participado en el grupo de mediadores que ha intentado acercar a los comandantes del LRA con el Gobierno de Yoweri Museveni. Más amigo de vaqueros que de sotanas, el sacerdote distribuye su tiempo con misiones espirituales y otras más terrenales, como la asistencia a los jóvenes que se han escapado del LRA y buscan su inserción en la vida civil. Todos los días comienza su jornada con una misa que oficia para cuatro monjas del internado Santa Mónica, que atiende niños y adolescentes víctimas de la guerra. La superiora del internado, la madre Rosemary, tiene una confianza ciega en el padre Carlos. «En Uganda no te puedes fiar mucho de los demás», agrega la monja. Fue detenido en 2002 y desde entonces ha sido amenazado de expulsión en varias ocasiones, la más seria en febrero de 2004, cuando recibió un mensaje de la embajada española en Nairobi en el que se le pedía que «hiciera menos política y se dedicara más a temas espirituales». La función «política» del sacerdote español incluye asistencia legal para ex rebeldes, clubes de paz, escuelas para niños, talleres de reconciliación en los campos de desplazados y otras misiones parecidas. «Lo que más se necesita es el seguimiento a la ayuda de quienes vuelven de la guerrilla», asegura el cura. Dice que no tiene ahorros y que lo poco que tiene lo distribuye en comunidades. Lo que sí reconoce es que tiene miedo, dado que un cura amigo de la etnia acholi fue asesinado de cinco balazos.