Diario de León

| Testigo directo | Misión de las tropas de EE. UU. |

Buscando insurgentes casa por casa en el «triángulo suní»

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El sargento Escobido dispara su M-16 sobre el río Tigris. Una ráfaga de advertencia. «Es para que nos tomen en serio», dice. Entonces el teniente Derek Austin, el jefe de la misión, se vuelve de nuevo hacia la mujer iraquí, que lo mira temerosa. «Se lo preguntaremos de nuevo. ¿Dónde está este hombre?». Estamos en una pequeña población suní. Un lugar donde la insurgencia tiene un fuerte apoyo popular. Aquí, los soldados del Ejército iraquí entrenados por Estados Unidos patrullan las calles enmascarados para que nadie los reconozca. Tampoco los norteamericanos son bienvenidos. El pelotón busca a un iraquí que, según los datos que ha ofrecido Inteligencia, se dedica a suministrar a los insurgentes munición y material para fabricar bombas. Los soldados han entrado en la casa sin llamar. Tampoco tienen una orden judicial ni nada parecido. Los norteamericanos se rigen por sus reglas de la guerra y no hay más garantías ni derechos que los que ellos mismos se quieran autoimponer. La casa está hecha de ladrillos finos y es muy pobre. Sus únicos habitantes parecen ser una mujer y cinco niños muy pequeños que miran asustados a los soldados cargados con los equipos de combate. El teniente y sus hombres intentan, al menos en nuestra presencia, tratar bien a la población. Desde el escándalo de las torturas de Abu Ghraib y con las imágenes de Guantánamo repitiéndose en Al Yazira, la batalla por «ganar los corazones y las mentes de los iraquíes» que pregonaban los norteamericanos todavía tiene un duro camino por delante. «Pregúntale dónde está la mujer del hombre», le dice Austin a Jerry, su intérprete. «Esta mujer dice que la segunda esposa del tipo vive en la casa de allí al fondo». Los soldados entran por la puerta y la rodean. Dentro hay un mujer, más niños y un joven de quince años. Jerry le pregunta por el iraquí que están buscando y por su segunda mujer. «Dice que aquí no vive nadie y que no sabe nada». El teniente Austin está contra-riado. «Miente. Siempre mienten. Chicos, traed a la mujer de la primera casa. Vamos a encararlos a ver si sacamos algo». La mujer aparece y el chico se pone nervioso. Casi empieza a llorar. Se quiebra y admite que ha mentido. Los soldados le esposan las manos a la espalda con un precinto de plástico y lo colocan en un rincón mirando a la pared, en cuclillas. Dibujos de niños Mientras, registran la casa. Buscan fotos del presunto miembro de la insurgencia, informaciones, datos que permitan localizarlo. Dejan todo patas arriba. «No creerías lo que nos encontramos por ahí. El otro día registramos una casa y había varios cuadernos de dibujo de unos niños. Me puse a mirarlos. ¿Sabes qué habían dibujado? Vehículos norteamericanos saltando por los aires al pisar una bomba», dice con asombro Austin.

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