Diario de León
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Beatriz Lecumberri - yabalia
León

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Contemplando en el suelo los restos de sangre de Saaban Manoun, muerto el domingo al alba en Yabalia, al norte de Gaza, sus vecinos están seguros de que nada ni nadie detendrá la invasión de Israel, cuyos tanques rugen a tan sólo dos kilómetros de este campo de refugiados. «Eran las dos de la mañana y estaba rezando porque los aviones israelíes no me deja-ban dormir. Pedía a Alá que no nos abandonara, como hicieron los estadounidenses y los líderes árabes, cuando la explosión me dejó paralizada», recuerda entre sollozos Halima Farah, una anciana de 75 años, mientras vela al nuevo «mártir». Rodeado de lamentos, el cadáver de este militante de Hamás se abre paso hasta la mezquita entre las calles malolientes, los comercios cerrados y automóviles pa-rados por falta de gasolina. Normalmente bullicioso, este campo gigantesco, donde viven alrededor de 160.000 personas, amanece cada día más silencioso. La falta de trabajo y de combus-tible sumados al miedo y al intenso calor han borrado la intensa actividad del lugar. Sentados entre las ruinas del centro de reuniones de Hamás destruido por el misil israelí hace sólo algunas horas, los hermanos Yaser y Jalil Shibab explican que Yabalia se ha resignado a ser víctima de otra invasión. «Todo este despliegue no es para liberar a un soldado. Lo prepararon hace tiempo para derrocar al gobierno palestino pero no lo conseguirán. Si hubiera elecciones mañana, Hamas volvería a ganar, incluso con más votos que el pasado enero», afirman. Castigados por la ausencia de trabajo, decenas de palestinos de Yabalia se limitan a «esperar la invasión» israelí, destinada a liberar a un soldado secuestrado hace una semana.

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