Diario de León

Esperando la hora de la muerte con dos salidas al patio y cena alas 5

«Tolerancia cero» es el lema que se repite por todas partes en la prisión donde se ha ejecutado a 150 hombres desde 1979. Allí está el español Pablo Ibar, que jura que es inocente Las c

Entrada de la prisión de Starke

Entrada de la prisión de Starke

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Tatiana López - enviada especial | florida
León

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En la prisión de Starke (Florida) los privilegios de los condenados se resumen en dos. Los convictos tienen derecho a saber el día de su muerte y a utilizar una tarjeta de crédito que les financian su familiares. Sólo dos lujos en una de las prisiones más sangrientas del país y donde la luz del sol no sale todos los días de la semana. Dicen las crónicas publicadas que entrar en el corredor de la muerte es un desafío al alma. Que la materia espiritual no resiste la osadía de los hombres que juegan a ser Dios y que todo se antoja siniestro nada más cruzar el umbral. En la prisión de Starke la perturbación apa-rece incluso antes de llegar a las puertas. Durante más de 40 millas decenas de carteles anuncian en la carretera las dos palabras que rigen la vida y la muerte dentro de este otro mundo: tolerancia cero. Ha sido esta premisa, estampada en todo tipo materiales, la que ha servido como justificación desde el año 1979 para ejecutar a más 150 hombres dentro del corredor. La frase también refleja el pensamiento del guardia que nos sirve como guía en la prisión y que, tras ser interrogado, resume su trabajo en tres sencillos puntos: «Aquí hay dentro sólo hay asesinos, todos merecen morir y los inocentes son pérdidas necesarias». Mientras, añade que lleva diez años en el centro penitenciario, que nunca ha sentido pena por nadie y que nunca ha viajado fuera del estado de Florida. Su monólogo discurre entre los sesenta metros de valla electrificada que separan la puerta de la prisión del centro de visitas. Un pasillo -«casi mortal», según el guardia- a cuya izquierda se afilan varias celdas tipo Guantánamo, donde algunos reclusos hacen gimnasia. Antes de escuchar sus jaleos, cualquier visita que rompa su rutina es rui-dosamente celebrada. Los visitantes deberán pasar dos controles de vigilancia además de enseñar un certifi-cado de antecedentes penales, un número de la seguridad social y un pasaporte en curso. Si todo está en orden uno de los convictos podrá olvidar durante una hora su condición de «preso 24 horas al día, 365 días al año», según explicaría Pablo Ibar un poco más tarde. Ni adiós a su madre Sin derecho a trabajar o estudiar durante su encierro, los días en el corredor suelen repetirse iguales con excepción de dos salidas semanales al patio y alguna visita extra. «El desayuno nos lo sirven como a las cinco y media de la mañana , luego un almuerzo a las doce y una cena a las cinco. Y así siempre». Quizá por eso cuando uno se reúne con Ibar éste se encuentra animado, sonríe e incluso hace bromas como cuando recuerda entre risas que cuando entró en la prisión «los móviles eran enormes», que no conoce Internet, (vetado en el corredor) o que nunca ha visto un portátil. También cuenta que de todas las cosas que no le devolverá la cárcel, sólo echará de menos no haber podido despedirse de su madre, muerta víctima de un cáncer hace unos años. Lo cuenta y se calla, porque le duele. El silencio incómodo se repite cuando hablamos de Joaquín José Martínez, quien consiguió un indulto tras pasar varios años en un corredor estadounidense, Pablo asegura que «está haciendo lo que debe». «Hay gente que lo critica porque piensan que debería ayudar a luchar contra la pena de muerte, pero después de un sufrimiento como este lo que te mereces es vivir y ser feliz», explica. Él piensa hacerlo, «aprovecharé cada minuto de mi vida». Y mientras espera para vivir plenamente se distrae leyendo y viendo la tele. «Hay sitios peores», replica si se le pregunta por sus condiciones de vida. Al fin y al cabo él incluso puede comprar comida u otras co-sas con la tarjeta de crédito que le da la cárcel, pero que paga su familia. Cuando se despide, tras 60 minutos de charla controlada, su vitalidad ha conseguido traspasar el cristal de seguridad. Uno se siente vivo. Pero no puede evitar llorar.

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