| Análisis | Una ejecución polémica |
La última sentencia de muerte del que fue gobernador tejano
La ejecución del dictador iraquí Sadam Huseín abre un escenario más convulso si cabe en la ya dilatada historia contemporánea del país árabe que puede condenar a un nuevo capítulo del ojo por ojo

Sadam Huseín en una imagen de archivo durante el juicio en Bagdad
El presidente norteamerica-no George W. Bush tiene una experiencia considerable en penas de muerte. En firmarlas, claro está. Durante sus años de gobernador del estado de Tejas, aseguraba no haber perdido nunca el sueño por enviar a la muerte a un cri-minal. Ahora, por ironías de la vida, la sentencia más importante de su carrera acaba de ejecutarse no en Tejas sino en un lugar lejano, en Irak. Ni el presidente Bush tenía, al menos en teoría, la capacidad de indultar, ni el tribunal que ha pronunciado la sentencia era norteamericano, en teoría. Tampoco el reo, Sadam Huseín, era más inocente que cualquiera de los otros que el presidente Bush haya hecho ajusticiar. Y sin embargo, es posible que al inquilino de la Casa Blanca esta ejecución sí le haga perder el sueño, al menos por una noche. Y es que la muerte del dictador iraquí en la horca es un acto de venganza política que llega demasiado tarde como para encajar en los planes de la Casa Blanca. En el Irak de hoy, Sadam no era ya el principal obstáculo para la paz, ni su muerte será parte de ninguna solución. Muy por el contrario, en este país atrapado en un nudo de conflictos armados la ejecución de Sadam no quita sino que añade al caos, un caos que el presidente norteamericano desde hace ya demasiado tiempo que cabalga como un jinete de rodeo agotado. Esto no quiere decir que la desaparición de Sadam no vaya a tener consecuencias. Las tendrá, sin duda. La desaparición del líder carismático puede obrar una desmovilización entre ese sector de la resistencia iraquí que todavía era sadamista. Esto reduciría algo la violencia si bien, seguramente, sólo después de una última tormenta de sangre. En todo caso, hablamos de uno de entre los muchos grupos que se enfrentan hoy en Irak. La desaparición de Sadam Huseín, por otra parte, puede facilitar el penúltimo proyecto irresponsable de la CIA: la captación de la antigua casta militar baazista para reconstruir un ejército fuerte, con-trolado por los suníes, como contrapeso a esos escuadrones de la muerte chiíes a los que, por hábito, seguimos denominando «fuerzas de seguridad». La idea es, desde luego, arriesgada: si no funciona, no se habrá hecho sino alimentar aún más el fuego de la guerra civil. Si funciona, no dejaría de ser un sarcasmo, porque se estaría reivindicando, al menos en parte, el legado del mismo hombre al que se acaba hacer colgar de una cuerda. Por desgracia, ya se le está reivindicando, puesto que la pena de muerte fue una de las maneras de gobernar, por llamarlo de alguna manera, que tenía Sadam Huseín. Él ni siquiera fue el primero. La historia del Irak moderno es una especie de representación de Tito Andrónico en el que los crímenes se suceden interminablemente: la espantosa masacre de la familia real en 1958, el fusilamiento de ge-neral Kassem, la represión de las revueltas siríacas, kurdas, chiíes, de los «árabes de los pantanos», la guerra con Irán, las dos guerras del Golfo¿ Demasiada sangre. «Mi sangre será fructífera» dijo, precisamente, Sadam Huseín en una ocasión, cuando imaginaba una muerte de las llamadas heroicas, en el campo de batalla. Pero no ha sido con su sangre sino con su cuello como le han hecho pagar sus compatriotas sus muchos crímenes. Ahora ya sólo cabe esperar que el resto de su predicción sea igual de equivocada y que su muerte resulte estéril, en el sentido de que no dé lugar a muchas otras muertes. Tan estéril como este triste nuevo episodio del ojo por ojo y diente por diente al que la historia parece haber condenado a los iraquíes.