El aumento de bajas por disparos de francotiradores ha desatado el miedo en la tropa
Los militares de EE.UU. se resisten a la orden de patrullar Bagdad a pie
Quejas entre los militares por la decisión de Washington de ampliar tres meses su misión

Soldados de infantería en el nuevo puesto de combate de Nuevo Bagdad
«Cambiar la actitud de la gente hacia nosotros nos puede llevar años. ¿Ves a esos niños de ahí? Ellos nos adoran. Pues hasta que ellos crezcan. Al menos diez o quince años», dice el capitán Escobar, un tejano de ascendencia colombiana. Escobar comanda Pathfinder, uno de los puestos avanzados de combate en el barrio de Nuevo Bagdad. No es la zona más caliente de la capital, pero las bombas explotan regularmente y la policía iraquí encuentra casi todos los días cadáveres con un tiro en la nuca y signos de tortura, víctimas de la violencia sectaria. Hace un mes, el mercado del barrio voló por los aires y se llevó por delante la vida de 53 personas. Una de sus avenidas, conocida como Predator, es el lugar de todo Irak donde estallan más explosivos de alta potencia. Los utilizan las milicias chiíes y son capaces de penetrar el blindaje de un tanque. Estados Unidos sospecha que llegan de Irán. Los puestos avanzados, como el Pathfinder, son el nuevo frente de guerra. El estratega del plan de Bush, el general David Petreaus, confía en ellos para retomar el control de la ciudad. Sobre el despacho que este «intelectual guerrero» tiene en Bagdad cuelga una pizarra con dos frases: «Pueden más los dólares que las balas» y «Saca a tus soldados de sus bases o perderás la guerra en ellas». Escobar traduce: «Lo que estamos intentado es llevar a nuestros soldados a las calles, no sólo para matar insurgentes, sino también para dar seguridad, reconstruir la ciudad y ganarnos los corazones y las mentes de esta gente. Si no, no hay nada que hacer». Plan de Bush Sin embargo, el plan maestro de Bush está encontrando problemas inexperados. Los soldados no están dispuestos a abandonar sus blindados y patrullar a pie las calles para acercarse más a la población. Y algunos militares se están negando, en vista del aumento de las bajas. En los últimos días, la lista de caídos en combate ya no tenía tantos muertos por la explosión de bombas. Ahora son las balas de los insurgentes las que los matan en combates a poca distancia. Un sargento de la Primera División de Infantería que prefiere no dar su nombre nos confiesa que sus hombres se han llegado a rebelar contra esas patrullas a pie. Él lo entiende. «Desde el punto de vista estratégico puede que tenga sentido. Pero no son esos generales los que van a meter los cuerpos de estos chicos en una bolsa de plástico», dice. La falta de seguridad en la estrategia impulsada por Washington y las escasas esperanzas de un rápido final al conflicto están provocando que el desánimo se extienda entre la tropa. La última decisión del Alto Mando para prorrogar la estancia de los soldados durante otros tres meses no ha hecho más que empeorar las cosas. «Escriba bien esto en superiódico -exige el sargento Smith-; lo de alargarnos la misión aquí nos ha tocado las narices. Vamos a tener que pasar otra Navidad sin nuestras familias y encima, nos enteramos por la CNN». ¿Descenso de ataques? El Pentágono y el Gobierno iraquí no paran de aventar en estos días cifras e informes que hablan del descenso de los ataques y de las muertes de civiles en Bagdad. Pero la supuesta mejoría se viene abajo cuando se ve que el número de muertos en todo el país no hace sino mantenerse, o aumentar. La insurgencia cumple con la ley de toda guerra de guerrillas: irse a luchar a otra parte cuando ves que tu enemigo más poderoso se despliega delante de ti. Las provincias que rodean Bagdad ya han notado un aumento de la violencia. En la capital, la mayoría de los militares dudan de que el compromiso de Estados Unidos en Irak vaya a durar hasta que los niños que saludan a Escobar sean mayores. Incluso el jefe del capitán, el teniente coronel Ralph L. Kauzlarich, que comanda el batallón que se ocupa de esta parte de Bagdad, también comparte esa opinión. «Llevará años. Además tenemos que conseguir que el Gobierno iraquí se implique en la tarea y ayude a esta gente, porque no lo está haciendo», dice.