Diario de León

El atentado más mortífero de los ocurridos causó 118 muertos en un mercado de la capital

La masacre de 170 iraquíes dinamita el plan de seguridad ideado por Bush

Las acciones en su mayoría ocurrieron en barrios chiíes por lo que se teme otra ola de violencia

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David Beriain - enviado especial | bagdad
León

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Bagdad volvió ayer a teñirse de polvo y sangre. Poco antes de que el turab, el viento que trae las tormentas de arena, inundara la ciudad por la tarde con su aire irrespirable, la capital iraquí vivió su peor carnicería desde que George W. Bush lanzó hace dos meses su nueva estrategia para hacerse con el control de la situación. Una cadena de atentados perfectamente coordinados dejó ayer al menos 170 muertos en las calles y dinamitó de paso el que puede ser el último intento de Estados Unidos de revertir el curso de la guerra. Los mandos militares se habían felicitado en los últimos días por el descenso de la violencia en Bagdad, pero la masacre de ayer acalló todo asomo de optimismo. En apenas unos minutos, cinco bombas estallaron en barrios de mayoría chií. El peor de ellos fue el del Sadriya, donde murieron 118 iraquíes, en un ataque contra un mercado que ya había sido alcanzado por atentados suicidas en febrero. Los ingenieros del Ejército de EE.UU. con los que estuvimos hace unos días están intentando rodear estos mercados con barreras de cemento para evitar unos ataques que resultan muy rentables a la insurgencia: Mucha concentración de gente en poco espacio. Ayer los norteamericanos reconocían que, a pesar de su esfuerzo, los mercados son todavía muy vulnerables.Desde el barrio de Sadriya llegaron testimonios escalofriantes. «Vi decenas de cadáveres. Algunas personas se quemaron vivas en el interior de unos minibuses. Nadie pudo hacer nada por salvarlos», dijo uno de los testigos. Muchas de las víctimasayer eran mujeres y niños. En Bagdad, según hemos podido comprobar, son ellas las que salen a buscar los alimentos o cualquier cosa que haga falta porque todavía se libran de la violencia sectaria y de los escuadrones de la muerte. Sus maridos se quedan encerrados en casa. Toda la sangre chií vertida ayer amenaza con sumir Bagdad en una ola de venganza aún mayor de la que ya vive. Esa parece haber sido la intención de unos atentados que el Gobierno iraquí no duda en atribuir a Al Qaida. Las unidades norteamericanas con las que estamos ahora se prepararan para lo peor en esta doble guerra que libran para contrarrestar la insurgencia y para intentar detener la guerra civil. Controlan una zona mixta, el frente de la guerra entre suníes y chiíes. El norte es suní, cada vez más acorralado y plagado de activistas de Al Qaida. El sur es territorio del Ejército del Mahdi, la milicia del clérigo radical chií Moqtada al Sadr. «No creo que lo que ha pasado en los últimos días nos vaya a traer nada bueno», nos comentó el coronel Crider, al mando del 1-4 de Caballería que controla el sector suroeste de Bagdad. Crider se refería a la salida del Gobierno de los partidarios de Al Sadr el lunes. Según el militar, eso podría dar vía libre a los milicianos del Ejército del Mahdi para atacar a las fuerzas norteamericanas y para acometer otra ola de asesinatos de suníes. A buen seguro que lo de ayer confirma su opinión. En las calles la situación ya es bastante mala como para necesitar un empeoramiento. Ayer acompañamos a una patrulla norteamericana por un barrio mixto en medio de constantes tiroteos entre suníes y chiíes. Caminamos por varias manzanas de casas abandonadas, entre escombros y basura. Una zona de guerra con todas las letras.

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