Un avión de reconocimiento alemán logró localizarlo en Helmand, el bastión de los insurgentes

Un ataque de EE.UU. mata al mulá Dadullah, líder de los talibanes

Diario de León, testigo en Kandahar de la exhibición del cadáver del temido comandante rebelde

El cuerpo del talibán abatido fue mostrado en la casa del gobernador de Kandahar

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David Beriain - enviado especial | kandahar
León

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El gobernador de Kandahar se parecía mucho ayer a Paul Bremer, el que fuera adminis­trador de EE.UU. para Irak, cuando anunció la captura de Sadam Huseín. Asadullah Khaled entró en la sala donde le esperábamos apenas tres medios occidentales y unos cuantos periodistas locales sin poder ocultar su sonrisa. Nos había llamado a eso de las ocho y media de la mañana, prometiéndonos una noticia importante. Por el camino supimos que podía tratarse de la muerte del mulá Dadullah, el jefe militar de los talibanes. Khaled se hizo desear. -¿Está el mulá Dadullah muerto?-, preguntó uno de los periodistas. -Deme usted un minuto. Y al minuto otra vez la pre­gunta. Khaled, por fin, soltó su bomba. -Sí. El famoso comandante talibán, el hombre brutal, el conocido asesino de Al Qaeda mulá Dadullah murió en una operación conjunta basada en informaciones de inteli­gencia. Y ustedes van a ver su cadáver. Ver para creer Lo de poder ver el cuerpo tenía su miga, porque en dos ocasio­nes anteriores el Gobierno afga­no había asegurado que había conseguido matar a Dadullah y las dos ocasiones resultaron ser mentira, para regocijo de los portavoces talibanes. Por eso ayer, hacia las nueve y media de la mañana, nos con­dujeron al patio exterior de la gobernación, donde habían colocado una camilla tapada con una sábana rosa. Al fondo estaban los pedazos de hielo en los que habían conservado el cadáver en su viaje desde la provincia de Helmand, donde había caído muerto. Junto al hielo, la mortaja con sangre. Un funcionario del gobierno provincial se acercó a la camilla y destapó el cadáver. Apareció entonces el cuerpo ensangrentado de un hombre barbudo, de unos 50 años y cojo, con heridas de metralla en la cara, en la espalda, en el pecho y con la mano izquierda des­trozada. Según dijeron también tenía un disparo en la nuca. Era él, el mulá Dadullah, el hombre que sucedió al mulá Omar -es­condido en algún punto entre Pakistán y Afganistán- en la dirección de las operaciones insurgentes. El temido decapi­tador de rehenes, el cerebro de la insurgencia, el de la legión de suicidas a su disposición, el secuestrador del periodista ita­liano Daniele Mastrogiacomo y el ejecutor de su traductor y su chófer. No cabía ninguna duda, a pesar de que por teléfono, en un aparte, los portavoces tali­banes seguían clamando que aquello era otra mentira más del Gobierno. Tendido en la camilla, cubier­to de sangre, guardaba un ex­traño parecido con Abu Musab al Zarqawi, el que fuera líder de Al Qaeda en Irak y al que EE.UU. mató en un bombardeo. El gobernador, en su regocijo, no quiso dar muchos detalles sobre la operación. Tampoco lo hizo la Otan. Pronto supi­mos por qué. Interesaba dejar entrever que habían sido las fuerzas afganas las que lo habían matado. Pero no había ocurrido así. Fuentes próximas al Gobierno afgano recono­cieron a Diario de León que fue una operación conjunta de la coa­lición liderada por EE.UU. con apoyo de la Otan. El enfrentamiento duró dos días. Lo localizó un avión alemán de reconocimiento y una bomba de los cazas de EE.UU. lo mató en la provincia de Helmand.

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