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El cojo más temido

Imagen de Dadullah durante una entrevista que concedió en marzo
Dicen aquí en Kandahar que a los talibanes les va costar reponerse de la pérdida del mulá Dadullah. Lo cierto es que los portavoces insurgentes sonaban ayer torpes al otro lado del teléfono, empeñados en negar lo que ya era una evidencia. Al fin y al cabo habían perdido a su cerebro militar y a su comandamte más temido, carismático y extremista. Al hombre que llegó a ofrecer 100 kilos de oro para el que consiguiera asesinar al autor de las caricaturas de Mahoma y al que se hizo grabar decapitando a varios de los rehenes que había ordenado secuestrar. Al sanguinario que, según nos contaba ayer el gobernador de Kandahar, cogió a mil de sus prisioneros hazaras y los mató pasando con un camión por encima de ellos. Como la mayoría de los talibanes, Dadullah, que nació en la provincia de Oruzgán y pertenece a la tribu pasthún de los kakar, se crió en una de las madrasas coránicas que abarrotan los campos de refugiados afganos en Pakistán. Allí recibió su educación religiosa y allí fue maestro. Luchó con los muyahidines contra los invasores soviéticos y fue conocido por su temeridad. Ni siquiera la pérdida de una pierna a finales de los 80 le detuvo en el campo de batalla. Cuando se desató la guerra civil tras la retirada rusa, Dadullah se sumó a los talibanes y llegó a ser uno de los diez integrantes de su consejo de dirección. Cuando EE.UU. lanzó su guerra para derribar a los talibanes, él se ocupó de la resistencia en la parte norte del país. Las tropas de la Alianza del Norte consiguieron rodearlo, pero él pagó a los comandantes una fortuna para que le dejaran huir. Escapó a Pakistán y en las áreas tribales de Waziristán reclutó nuevos milicianos. Y volvió a la lucha.