| Crónica | La última persecución |

El temor de los cristianos

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Javier Otazu - douk
León

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Los cristianos iraquíes, reducidos a menos de la mitad en los últimos años, temen más que nadie un ataque turco en el Kurdistán porque ya no les queda donde ir, tras haberse exiliado una, dos y hasta tres veces huyendo de la violencia. Según el obispo Mer Patros, máxima autoridad de los cristianos caldeos (católicos) en el Kurdistán, quedan en Irak «algo más de 600.000 cristianos» de los dos millones que llegó a haber en tiempos de Sadam Husein, y de ellos 250.000 viven en el Kurdistán. «Los cristianos somos objeto de una auténtica persecución en Irak y solo aquí, en el Kurdistán, encontramos la paz», dice en su sede de Dohuk el obispo, que reconoce la labor que el gobierno autónomo kurdo está haciendo por ayudar a los seguidores de Cristo. «Por culpa de la ocupación americana del país, nos han considerado cómplices por ser cristianos como ellos; y luego están los musulmanes fanáticos que quieren limpiar Irak y Oriente Medio de cristianos», se lamenta el obispo. Tras la caída de Sadam Husein, los cristianos iraquíes -caldeos, sabeos y asirios- comenzaron a sufrir ataques y atentados en sus iglesias que les empujaron a emigrar hacia países vecinos o a Europa. De cuarenta sacerdotes caldeos que había en Bagdad, hoy solo quedan 17. Pero muchos cristianos más pobres, que no pudieron emigrar, se trasladaron a las montañas kurdas de las que habían salido en su momento huyendo de las innumerables guerras kurdas o de los ataques de Turquía. Estos cristianos kurdos volvieron a sus pueblos reconstruidos gracias al gobierno autónomo kurdo, y reocuparon aldeas enteras en un cinturón pegado a la frontera con Turquía. La aldea de Shiranish aparenta un poblado de colonización, con casas cuadradas de colores repartidas durante un kilómetro a lo largo de la carretera. «Estas casas nos las dio el gobierno autónomo del Kurdistán al vernos obligados a huir de Bagdad por los incesantes ataques de los fanáticos musulmanes», explica Abu Yeryes, padre de cuatro hijos y de profesión maestro de escuela. Cuenta que él, como todos sus vecinos, recibe además un salario mensual del gobierno autónomo, con el que se apresta a pasar el invierno, «que aquí significa un metro de nieve». «Maldita guerra, rezo para que no lleguen los ataques de los turcos, porque sencillamente ya no tenemos adonde ir porque lo hemos perdido todo», se lamenta su mujer.

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