Diario de León

Reportaje | p. soto

Revolución sin sangre

Los checos celebran los 20 años del final pacífico del comunismo preocupados por la crisis y sin nostalgia por el pasado

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«Han pasado muchos años desde que checos y eslovacos acabaron pacíficamente con la dictadura comunista. Yo era una niña cuando cayó nuestro propio Muro de Berlín en Checoslovaquia. Recuerdo que mis padres estaban muy contentos, realmente felices». Quién así se expresa se llama Eva Ulická y tiene 26 años. Trabaja de profesora en la Universidad. Le acompaña una amiga, Hana Chlupvá, un año mayor que ella, que trabaja en una revista de moda. La cita es en la plaza Wenceslao de Praga, el centro neurálgico de la parte moderna de la capital checa, en la entrada de la parada de Metro de Museum.

En esta plaza, el 16 de enero de 1969, un joven universitario, Jan Palach, se inmoló a lo bonzo para protestar contra la invasión de Checoslovaquia por tropas del Pacto de Varsovia. Eva Ulická está convencida de que «Chequia, desde que recuperó la democracia, en 1989, y se convirtió en un Estado independiente, en 1993, ha prosperado mucho». Su amiga Hana, que es originaria de Brno -”la segunda ciudad del país-”, explica que su padre participó en la manifestación que el 17 de noviembre de 1989 inició la Revolución de Terciopelo, un movimiento popular que acabó pacíficamente y en pocos días con el régimen comunista.

Los checos no añoran el comunismo. Según un sondeo de la agencia Stem, dos tercios de los checos consideran que la Revolución de Terciopelo es uno de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de Chequia. «Ni quiero recordar aquellos tiempos. Si fuera por mí, prohibiría a los comunistas», asegura un ciudadano.

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