CONCURSO DE REDACCIÓN DIARIO DE LEÓN

Todavía recuerdo...

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León

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Todavía recuerdo el día en que oí por primera vez el concepto «medio ambiente». Me despedía ya de los nueve años cuando una mañana la profesora de Conocimiento del Medio nos dijo que el siguiente lunes iríamos a visitar el Centro de Tratamiento de Residuos de mi ciudad.

Pasada una semana estábamos todos colocados en fila india y con la mochila repleta de galletas, cromos y ganas de aprender, esperando ante la entrada del misterioso edificio que respondía a las siglas C.T.R. Una vez dentro, una chica jovencita nos fascinaba con historias de cómo el corazón de la manzana que nos habíamos tomado para desayunar, pronto estaría allí a la espera de que diminutos hongos y bacterias lo transformasen en compost. Nos recordó que redujésemos el consumo, reutilizásemos todo lo que pudiéramos y finalmente reciclásemos como nos habían enseñado. En definitiva, que cuidásemos el medio ambiente, para nosotros y para las futuras generaciones.

Aún me pregunto el por qué, pero esta última frase me quedó impresa y empecé a percatarme de conceptos a los que nunca antes había prestado atención. Fue cuestión de tiempo que mis innumerables preguntas infantiles se plagaran de vocabulario como «lluvia ácida», «aumento del efecto invernadero», «agujero en la capa de ozono» o «cambio climático».

Las respuestas de los adultos no solían sorprenderme: «lo sabrás cuando seas mayor», «eres muy joven para entenderlo» o «come y calla». Algunas veces conseguía entretener a mi madre o a mi padre cuando venían a darme el beso de buenas noches y entonces me contaban historias de construcciones con enormes chimeneas que expulsaban un humo que convertía la lluvia en una especie de jugo de limón que dañaba a las plantas y a los peces; de oscuros humos que salían del tubo de escape de los coches y no dejaban salir suficiente calor de la Tierra convirtiéndola en un horno gigante; de un gran agujero en la atmósfera por donde entraban rayos que nos quemaban la piel produciendo cánceres; y de osos polares que perdían sus hogares por el deshielo de los polos. Mi curiosidad no acababa ahí: «¿Por qué no se soluciona? Si hemos hecho todo eso, ¿no podemos deshacerlo?» antes de que mis padres pudiesen acabar la fiase de «es que es muy difícil...» siempre aparecía mi abuelo, fiel amante de la naturaleza, con gesto enfadado diciendo: «¡Pamplinas! Conquistamos el espacio, unimos Canadá con Australia con dos ordenadores, a punto estamos de clonar humanos, ¿y es muy difícil salvar el medio ambiente? El único problema es «esto» y hacía un gesto con los dedos, acariciando el índice y el corazón con el pulgar.

Ahora, veinte años más tarde, estoy sentado en mi despacho de un laboratorio medioambiental de Alemania, rodeado de partículas, ecuaciones y tubos de ensayo. Me pregunto qué habría hecho ese niño de diez años ansioso de cambiar el mundo. Si habría encontrado la cura del planeta entre todos los apuntes y experimentos que me rodean o le habría bastado con una caja de pinturas y una sonrisa. Me pregunto si no hemos crecido lo suficiente, o si aquel gesto de mi abuelo nos hizo crecer demasiado rápido.

Daira Pinto Prieto.

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