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León

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Gea estaba concentrada en el exótico color de su Bitter-Kas. Era de las pocas cosas que le gustaban en el estado en que ella se encontraba. La cafetería estaba vacía salvo por dos hombres que mordían calcetines en una mesa del fondo y, claro está, por ella misma, que descansaba en una banqueta junto a la barra.

A esa hora la mayoría de pacientes del manicomio estaba en sus diversos «tratamientos», incluida su gran amiga Selene.

En ese mismo momento entró un anciano alto con barba y melena blancas. Su atuendo era un tanto estrafalario, lucía sandalias, pantalones de chándal y una raída camiseta de AC/DC. Se acercó a ella.

-Buenos días Gea -" dijo con voz tranquila.

- ¿Te conozco? -" contestó extrañada.

-Mejor de lo que crees, querida.

-Si tú lo dices... ¿Querías algo?

-Sólo charlar un rato. ¿Por qué no me cuentas tu historia? ¿Cómo llegaste aquí?

«Menudo friki» pensó Gea.

«De todas formas no sé de qué me extraño, esto es un manicomio y tampoco tengo mucho más que hacer.»

-No es una historia agradable. Yo lo tenía todo, o mejor dicho, me encargaba de todo.

Les daba agua, les daba calor, les protegía, les alimentaba, hacía todo lo posible para que sus vidas fueran felices... ¿Y cómo me lo pagaron? Me hirieron, me demostraron que no les importaba nada ni nadie y menos aún yo. Confié en que fuera algo pasajero, algo que al cabo de unos años cesaría.

-Pero no fue así -" afirmó el anciano.

-¿Tanto se me nota en la cara? No, cielo, no fue así, de hecho fue a peor, así que me decidí a actuar. Primero deshice un poco los polos, pero como no movieron un dedo y los osos polares me daban pena, lo dejé estar. Continuaron mosqueándome y les envié alguna que otra lluvia torrencial. Entonces comenzaron a echarse la culpa unos a otros pero... no movieron un dedo. Después de eso, pedí ayuda a mi amiga Selene, eso sí que fue una fiesta. Tan pronto les dejábamos sin luz tiritando de frío, como les hacíamos sudar la gota gorda. Con tanto cambio, pronto comenzaron a escasear los alimentos y los muy borregos, en lugar de buscar juntos una solución, se pusieron a luchar como rebecos en celo.

-Pero...

-Sí, sí -" le interrumpió Gea -"algo más ocurrió. Resulta que un pequeño grupo de «cabecitas pensantes» descubrió que yo andaba detrás de todo y de alguna manera que desconozco consiguieron meterme en el cuerpo de esta mujer que, por muy mona que sea, no acaba de gustarme.

-Interesante-" dijo el anciano.

-Sí, bueno... esto... ¿puedes decirme cómo te llamas?

-Uff... tengo tantos nombres en tantos idiomas que nunca me decanto por ninguno.

-Ah... ¿y querías algo más, Don Multinombre?

-Sí, quiero sacarte de aquí para que me ayudes a limpiar lo poco que queda y poder empezar de cero.

-¿Empezar de cero?

-De cero, cero... no ¿recuerdas la receta de la sopa primitiva?

1397124194 Jorge Álvarez Masanet

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2º A Bachillerato, IES Lancia