Chencho en la noche

Decenas de amigos y personalidades arropan la presentación de la antología de Pérez Chencho

Ángel Santiago Ramos, Alberto Muñiz Alonso y Eduardo Aguirre escuchan la intervención de Segundo Mar

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León

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Opinión | PEDRO TRAPIELLO

periodista

El periodista de vieja raza se cuida de las verdades mañaneras y le pone orejas a la noche, que es cuando las mentiras se han acostado y todo parece dormir, menos los secretos que tienen patas o carburan con un gintonic que engrasa la lengua y la pone a campar por lo sincero. Chencho lo sabía y su redacción seguía abierta en las horas de la ciudad dormida. La ciudad así, con sus ojos cerrados, parecía inocente, aunque el subconsciente siempre traiciona y, muchas veces, estas calles soñaban (y sueñan) en voz alta, a trompicones y con frases dislocadas, pero reveladoras. En sótanos y tugurios se escuchaban esos ecos y era aquello un León de posturas, cuchicheos y mordazas cuando conocí a Chencho (Franco estaba vivo y el franquismo no te digo) y, atando la burra en el Happy Night hasta que san Juan bajaba el dedo o el dueño la trapa, desollábamos el becerro de los silencios en el altar de las conjeturas ordeñando allí más información que la que podía caber en cien boletines o ruedas de prensa.

Esas orejas puestas en los murmullos de la noche o en las paredes de «trastiendas y merenderos» cosechaban fácilmente los ecos de verdades a medias o confidencias a calzón quitado. Chencho sabía que, además, es en la noche cuando mejor se mide la ira, el recuerdo, la tristeza y la amistad. Y por supuesto, la Concordia (esa peña era un foro de tratarse, encontrarse y no matarse, que es nuestro instinto provinciano), concordia, el deseo ferviente de tener la fiesta en paz y conciliar opuestos. Y ahí estaba él, en medio o cerca de los que cortaban el bacalao-¦ o del paisano anónimo que se caga en la madre de los que cortan el bacalao. Ahí estaba. Oreja y libreta (o en una servilleta).

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Y ahora que vuelven a repicar campanadas en su «Balcón del pueblo» con este libro de artículos entresacados de sus cuarenta años de periodismo en trincheras cazurras, ¡cómo no reencontrarse con él en su lectura y con este lugar leonés tan desdeñoso y olvidadizo que quedó atrapado en esas líneas suyas en las que nos volverán a sonar las horas claves de un tiempo pasado que no está tan muerto como algunos creen!