Condenado a 26 años de prisión el leonés que mató a un gallego para robarle cocaína
Al narcotraficante arteixán Alfonso Piñeiro, más conocido como «El Piñas» lo mataron de un disparo en la cabeza en su propio domicilio para robarle 800 gramos de cocaína. Los asesinos lo engañaron. Quedaron con él para comprarle la droga y al verla delante sacaron el arma. La Audiencia Provincial de A Coruña acaba de dictar sentencia y condenó a cada uno de los dos procesados a 26 años de prisión como autores de los delitos de asesinato, robo con violencia y tráfico de drogas, según publicó ayer La Voz de Galicia .
Los hechos se remontan al año 2009. En aquel entonces, Alfonso Piñeiro se relacionaba con el leonés Israel García.
La relación entre ambos se inició gracias a la amistad que un amigo de la víctima tenía con el asesino. Los puso en contacto y, todos los meses, el procesado viajaba desde León a Arteixo para comprarle a Piñeiro pequeñas cantidades de droga. Hasta que un día decidió hacerle un encargo de 800 gramos de cocaína. Así se llegó al 8 de mayo del 2009. El asesino habló con un amigo y dos mujeres que nunca pudieron ser identificadas para que lo acompañasen a Arteixo y así robarle la cocaína a Alfonso Piñeiro.
Lo que ocurrió en aquella casa, según explica el tribunal de la Audiencia en la sentencia, fue una fatalidad. Porque los asesinos no tenían previsto matar a nadie. Solo querían llevarse la droga sin pagar y desaparecer. Pero Israel apretó el gatillo.
Una vez que Israel y su compinche, Antonio Jiménez, sacaron sus pistolas, la víctima no hizo más que pedir clemencia. Mientras lo hacía se encendió una luz en el pasillo de la vivienda. Eran la esposa y el hijo pequeño de la víctima. Los asesinos le exigieron a Alfonso que los llevase a la habitación de su esposa, pues su intención era la de atarlos de pies y manos, coger la droga y fugarse. Pero en un descuido, la víctima corrió hacia la puerta y salió de la vivienda pidiendo ayuda. Israel lo seguía de cerca mientras Piñeiro pedía que no lo matase , al tiempo que llamaba a los timbres de las puertas por las que pasaba. Hasta que el procesado le disparó en la cabeza.