León vintage
Esta serie de textos inéditos forman parte de una futura publicación de la colección «León insólito»..
En la cuneta negra de la memoria colectiva queda el registro de fechorías y otros excesos protagonizados por la gallofa leonesa, especialmente activa y dañina durante el estío. Un mapa de emociones fuertes que tenía uno de sus epicentros en la barriada de Santa Ana, lugar degustado por los libertinos a jugosas dentelladas. Varias casas de lenocinio habitadas por mujeres de vida airada abrían sus puertas en lo que varios siglos atrás fue aljama judía, dando forma a lo que las gentes de orden calificaban de «estercolero infecto y madriguera de inmundicias». Algo de razón no les faltaba, pues la chusma local había convertido el barrio en una orgía sin freno cimentada a base de burreo libre, idiotez sin traba y vino a todo chorro.
Recordemos algunos de los episodios más sangrantes, cuyo denominador común son los zascandileos de ciertas damitas de vida alegre y sus groseros acompañantes. A comienzos del mes de julio de 1916, hace ahora casi cien años, la zona entera se escandalizó al ver a una hora temprana, a eso de las siete de la mañana, a unas cuantas palomas mensajeras , eufemismo de la época para nombrar a las mujeres encenegadas en el vicio más abyecto, pasear desnudas por las calles, causando un alboroto de lápida conmemorativa. Y no solo eso, pues poco tiempo después dichas mocitas de andares jacarandosos tuvieron el descaro de alquilar un coche y vestir al cochero, buen compadre del vino y acérrimo enemigo del agua, con pantalones y camisola de mujer. Naturalmente, la autoridad intervino, multando con severidad a las bromistas.
Semejante matadero de almas se veía agitado cada noche de verano por tremendas tremolinas. Por ejemplo, la originada por un zángano de categoría al que se conocía como Felipe el Ajero. Corría el año 1915 cuando al angelito le dio por borriquear en una casa non sancta que lucía el número 8 de la carretera de Santa Ana. Al ver el gravísimo estado de intoxicación etílica que presentaba, las pupilas se negaron a abrir la puerta del antro. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, Felipe trepó por el canalón hasta aterrizar de mala manera en el balcón. La dueña del burdel llamó alarmada a los guardias de Seguridad, quienes finalmente lograron poner en fuga al Ajero.
BEN-I-MEA
La sinvergonzonería no tiene fecha ni espacio adjudicado, así que los aficionados al jamón de bodega ajena, por así decirlo, y otros aristócratas en la limpieza de los bolsillos del prójimo, aprovechaban el calor de las noches para campar a sus anchas en torno al urinario de San Marcelo. Más conocido, como saben, por el nombre de Mezquita de Ben-i-Mea, a causa de la especial fotogenia de sus formas casi orientales. Los de las uñas largas acechaban especialmente a ciertos señoritingos cuyas cabezas estaban caldeadas a causa del morapio, y en dicho estado iban y venían desde el Teatro Principal, primera referencia lúdica de nuestra capital. Un surtido de niños bien en estado mal, considerados principal pieza de caza por los caballeretes de la industria fulera. Así lo recuerda la inspirada cuarteta:
A una cartera repleta
no debéis dejarla sola,
llevadla siempre sujeta
pues aquí el que no corre, vola.
La plaza de San Marcelo se transformaba pues, con el bochorno de las noches, en un vivero de sinvergüenzas constituido por la plana mayor de los buscabullas locales. Un selecto reparto que incluía, entre otros gandules, al Chirolé, el Chiquinín, Pelocrespo, Formalito, Morrones, el Chupa y el Licores, así apodado este último por ser blasfemo de diario y borracho de nacimiento. Aunque nunca se pudo saber con certeza, uno de ellos fue sin duda el autor intelectual de un timo que causó sensación en León allá por la década de los veinte. Se trataba del gatuperio de la máquina de hacer billetes de 25 pesetas, con el que lograron engañar a un vecino de la zona centro, quien les entregó nada menos que dos mil duros a cambio de un ingenio presuntamente milagroso que transformaba papeles blancos en billetes de curso legítimo. Un timo bien perpetrado, claro, que demostraba una vez más aquella máxima de que la avaricia acaba por romper el saco.
Cerramos esta semblanza con lo ocurrido al incauto Ángel Aneo, un obrero de Bilbao que estaba de paso por nuestra ciudad en el verano de 1918. Llegaba en busca de trabajo, sin dinero en el bolsillo, y por ello vio la luz cuando un hombre bien vestido le invitó con la mayor finura a cenar en el establecimiento que Juan García tenía en la calle del Teatro, casi enfrente de la mezquita. El gasto del festín, entre comestibles y bebestibles, ascendió a 6,30 pesetas. Pero, ¡vaya por Dios!, el buen samaritano se percató de que no llevaba suelto y dejó a Ángel a modo de prenda humana. Al ver que el maromo no regresaba, el dueño solicitó al de Bilbao que pagase la cuenta. Y puesto que no tenía una perra chica, reclamó el auxilio de una pareja de Seguridad que detuvo al pobre Ángel y le llevó a la Inspección. Un lugar, por cierto, donde el sol no molestaba demasiado.
javier tomé
pepe muñiz
leonalsol@diariodeleon.es