24 horas en... El Páramo
Son agricultores de raza. En los veranos trabajan sus campos durante toda la noche y apenas pueden dormir durante el día. Pese a la cercanía de los pueblos, sus habitantes son tan diferentes como las fases de la Luna.

Ramón Martínez se da un buen paseo en bicicleta todos los días
La llanura se extiende por todo el Páramo leonés. Pueblos de carretera que se abren de manera radial al rededor de Santa María del Páramo y que mueren en campos de maíz. Porque mires donde mires en el Páramo se ven grandes maizales verdes y casi tanta gente en bicicleta como Amsterdam.
12.00 Con el sol en lo alto y la gente apunto de comer en sus frescas casas de adobe de Mansilla del Páramo, Rosina González, de 78 años, y su vecina María Extensión vuelven de dar un paseo. Son abuelas modernas que han aprendido a usar el photoshop y a tener un blog, en el que por ejemplo Rosina ha contado la historia de su padre, un hombre represaliado en el franquismo por «hablar más de la cuenta». «Mi padre era como yo, las cosas que no le gustaban las decía y así fue cómo le metieron en la cárcel».
14.00 Todas las tardes, en la plaza de la Madera de Santa María del Páramo, se sientan María, Patrocinio, Elisa e Ina . Las cuatro superan los setenta años y no se consideran jubiladas. Suelen hacer la misma rutina todos los días, basada en largos paseos por el paseo botánico, que rodea el pueblo y jugar a las cartas hasta las diez de la noche con otras amigas. Recuerdan que en esa misma plaza donde ahora están, jugaban a «la maroma» —un balancín— que construían con unos maderos o convertían los montones sobrantes del mercado en un escenario de comedias.
15.00 José María Sánchez pasea a su perro, Sonny, entre los maizales. Es su mayor afición. Este hombre asentado en Laguna Dalga es de pocas palabras. Comenta que no hay actividades ni de verano, ni de invierno para nadie. «El pueblo se muere, toda la gente se va a Santa María». Pasea en silencio cerca de los maizales que rodean el pueblo, el calor aprieta a estas horas del día, pero no parece importarle.
16.00 Un requisito indispensable en verano es ver a los nativos y no nativos del pueblo jugando la partida en el bar del pueblo. En San Pedro de las Dueñas, Ramón, Antonio, Jesús y Martín no se pierden ni un solo día de partida ya sea verano o invierno. Su vida apenas cambia del verano o al invierno, más allá del cambio de las labores agrícolas. Se sienten apenados de que la gente ya no va al pueblo. Parece que es un problema cada día más extendido en la zona.
17.00 En Bercianos del Páramo las conversaciones siempre rotan en torno a la agricultura. Manuel, Isidro, Miguel y Joaquín se sientan enfrente del bar y critican estas malas costumbres. Por extraño que parezca este pueblo tiene más residentes en invierno que en verano y es uno de los pocos pueblos de la comarca que sigue teniendo el consultorio médico abierto todos los días. De los pocos que no se ha visto afectado por los recortes en Sanidad. Son bastante reacios a hablar de su vida rutinaria con la prensa e intentan que los «famosos» sean los del pueblo de al lado, San Pedro Bercianos, de los que dicen: «Son más guapos que nosotros».
18.00 Siguiendo el consejo, el viaje continúa por San Pedro. Un grupo de hombres está sentado en el parque del pueblo tomando una refrescante caña en una de esas calurosas tardes veraniegas. Evaristo Chamorro y Luis Rodríguez llevan toda la vida en el pueblo y se han dedicado como la mayor parte de los parameses a la agricultura. Critican haberse quedado sin médico y tener que ir al consultorio al pueblo vecino. Dicen que esto es consecuencia de que no haya gente joven durante el invierno y que hay médico un día a la semana en verano «porque llegan los okupas». Con okupas se refieren a los veraneantes que llenan estos días casas vacías durante el resto del año. Recuerdan con añoranza sus años de juventud: «Nosotros nos pegábamos de pedradas con los de Bercianos por las mozas, y ahora nos tenemos que llevar bien porque somos familia».
19.00 Camino de La Mata, en una de tantas plantaciones de maíz, se encuentra Jaime Rodríguez, de 34 años. Es un joven agricultor que, tras estudiar ingeniería Agrícola, ha decidido encargarse de las tierras de su familia. Aunque es de La Mata de toda la vida, en invierno se muda a León, ya que no hay apenas trabajo en el campo. Lleva una vida tranquila en el pueblo y, aunque no pensaba quedarse, ha terminado de nuevo allí. «Hay edades en las que es muy difícil vivir en un pueblo tan pequeño. Te faltan cosas, pero, a medida que vas creciendo, las cosas son más sencillas que en la ciudad», comenta Jaime.
20.00 Ya en La Mata, Montse Martínez acompaña a Gregoria Ordás en su paseo por el pueblo. Se quejan de la pasividad que sufren en el pueblo por culpa de la gente, ya que aún teniendo cursos ofertados por la Junta y el Ayuntamiento no salen porque la gente no se apunta. La vida es monótona, su máxima actividad es ir al bar Amistad a jugar la partida. El bar lo lleva Rebeca Chamorro, de 28 años, que ha decidido reabrir el bar tras su cierre antes de Navidades. «Me he ido a vivir a Astorga, quería irme lejos de aquí», afirma Rebeca, aunque vuelve todos los días para atender su puesto de trabajo. «La pena de este pueblo es que ya no hay gente joven, la más pequeña tiene ya dieciséis años y está ella sola», comentan unas mujeres jugando a la partida. Y es que parece que la idea está extendida: sin gente joven, estos pueblos están condenados al abandono.
21.00 Saliendo ya de el Páramo, está el pequeño pueblo de Grisuela donde se encuentran Eduardo de la Iglesia y su mujer Lourdes trenzando ristas de ajos. «Esto es para consumo propio», aseguran. Fueron los dueños de la tienda y el bar, que eran la animación del pueblo. «Desde que se cerró el bar, el pueblo ha muerto. No hay un espacio de vida lúdica donde la gente pueda pasar el día y eso afecta mucho a la gente de aquí», comenta Eduardo. Ellos fueron la última pareja del pueblo en casarse y fue hace cuarenta años. Se alegran de que todavía haya escuela, pero tienen que traer a niños de otros sitios para que no se la cierren.