León vintage
Esta serie de textos inéditos forman parte de una futura publicación de la colección «León insólito»..
Recogidas en el acervo popular y la memoria de las gentes quedan aquellas excursiones y giras campestres del pasado, programadas por nuestros antepasados aprovechando el optimismo veraniego. Así, aquel mundo en miniatura se ponía en movimiento, en ocasiones a los lomos de los coches y vehículos que comenzaban a transitar por las calles capitalinas. En cuanto a los destinos favoritos de los leoneses, la fuente de la Copona era uno de los lugares de esparcimiento estival elegido por nuestros abuelos para olvidarse por unas horas de las rutinas cotidianas laborales. Bien pertrechados con las reglamentarias botas de vino, la tortilla de patata y otros manjares de boca apropiados para la época, los excursionistas ya estaban en marcha a primeras horas de la mañana, dispuestos a vivir una jornada divertida e inolvidable.
Tampoco era necesario alejarse demasiado de la capital para gozar de días lustrosos y soleados. La primera opción estaba mucho más cerca, concretamente en la Candamia. La chiquillería solía concentrarse, rodeada de una gran algazara, en torno a la llamada Fuente del Oro, una suerte de playa veraniega nacida en los años 30 como alternativa a la del Bernesga. En cuanto a los adultos, aprovechaban las tardes veraniegas para disputar enconadas partidas de tarusa y rayuela en lo que entonces se llamaba el Egido de las Casas. El premio para los ganadores consistía en una suculenta cena que preparaba El Nalgas, establecimiento de muy larga y refrescante sombra.
Una de las giras más recordadas de la década de la década de los 20, que organizó la Escuela Normal de Maestros, tuvo como destino el cercano pueblo de Trobajo del Camino. Mecidos por un cóctel de gratos estímulos afectivos, los participantes fueron convocados a las tres de la tarde junto al edificio de San Marcos. Desde allí se emprendió una marcha que, dada la alegría que reinaba en todos los corazones, pareció durar apenas un minuto. No en vano iban acompañados por algunos miembros del Orfeón con su director, el señor Sarmiento, a la cabeza, quienes animaron la caminata con sus cantos. Una vez llegados a la pradera de Trobajo, comenzó el baile y otros divertimentos, para concluir el jolgorio con una opípara merienda rematada a base de dulces y de jerez. Cuando las últimas luces de la tarde se iban apagando los excursionistas entraban de nuevo en León, en medio de una nube de polvo y de risas, sintiendo algo parecido a la felicidad.
BAÑOS DE OLAS
Los más cosmopolitas preferían decantarse por el mar –el viejo y bravo Cantábrico, por supuesto-, todo fuera con tal de alejarse por una temporada de los rigores climatológicos de la capital. Si hablamos del norte de España, las playas con más predicamento y un mayor número de adeptos eran naturalmente las del Sardinero en Santander y la de San Lorenzo en Gijón. La capital cántabra quedaba algo distante, es cierto, pero contaba con un aliciente extraordinario. Allí se establecía una suerte de corte real paralela, dado que los santanderinos edificaron mediante suscripción popular el palacio de la Magdalena, ocupado a partir de 1913 por el monarca Alfonso XIII, la bellísima Victoria Eugenia y todos sus hijos.
Fue en Santander, precisamente, donde surgió a mediados del siglo XIX la moda de los baños de olas, importada desde Francia e Inglaterra. Un divertimento húmedo que pronto se extendió a la vecina Gijón, el destino favorito de los leoneses tanto de antaño como de hogaño. A decir de muchos, Gijón tenía la mejor playa de la costa, la más extensa y vistosa, de arena finísima y ornamentada, a modo de sensacional valor añadido, por la siempre verde campiña de Somio. El clima resultaba igualmente delicioso por templado, muy distinto de ese calor brutal de León que, a decir de ciertas lenguas maliciosas e irrespetuosas, solo lo aguantan los bueyes y algún cura que otro. Y eso por no hablar de otros reclamos que se irían sumando con el correr de los tiempos y el vaivén de las costumbres, como la siempre concurrida Feria Internacional de Muestras.
Había muchos otros vecinos que por carencia de medios materiales o bien por ceñudo convencimiento, permanecían ajenos al tema de la fuga estival. Eran los que sentenciaban, con bastante hipocresía, eso tan manido de que veranear apenas es cambiar de moscas. Por lo tanto se quedaban en León, que contaba durante el estío con sobrada diversión. Por ejemplo, tomarse una caña en la cervecería Duport, que abría sus puertas en la glorieta de Guzmán, o bien apurar una última copa en el Iris, disfrutando de las actuaciones un tanto sicalípticas que se programaban a primeras horas de la madrugada. O acudir a cualquiera de las verbenas y saraos que organizaban desde la Asociación de la Prensa hasta los distintos barrios capitalinos. El caso era sumergirse en el calor blanco del verano hasta creer, al menos durante la temporada estival, que el paraíso podía encontrarse en la tierra.
javier tomé
pepe muñiz
leonalsol@diariodeleon.es