Óscar Soto médico personal de salvador allende
«Habrá cambios si la gente se une como Allende hizo con la izquierda»
Óscar Soto considera un deber moral mantener vivo el recuerdo de Salvador Allende y de su intento transformador en democracia pese al dolor que le supone recordar. En el 40º aniversario del golpe de Pinochet acude a León a presentar su libro ‘Allende en el recuerdo’

Óscar Soto en Segovia, donde ejerció como cardiólogo.
El cardiólogo Óscar Soto era un «joven desgarbado» cuando Salvador Allende le nombró su médico personal en 1970. «No éramos amigos. Me lo pidió su hija Beatriz a raíz de un proceso anginoso que sufrió una mayo fría de mayo cuando se dirigía al Senado», explica. Tres años después el doctor Allende, presidente de Chile, pasó a la historia por negarse a renunciar a cambio de un visado. «Colocado en un tránsito histórico pagaré con mi vida la lealtad del pueblo», dijo en su último discurso radiado desde el Palacio de la Moneda.
Soto estaba en la primera planta cuando entraron los milicos y exigieron su rendición. «Subí a la segunda planta y al verme Allende entrar me dice: ¿Qué pasa doctor? «Los militares han tomado la primera planta y nos dan 10 minutos para bajar. «Así se va a hacer. Bajen en fila india. Yo iré el último», responde. Él se deslizó hacia el saloncito Independencia, cogió una metralleta y se suicidó», recuerda.
El cardiólogo, ya jubilado y con nacionalidad española, ha sido invitado por el Ateneo Cultural Jesús Pereda de Comisiones Obreras para presenta su libro en el Museo de León dentro de la exposición ‘Exilio y solidaridad. Carteles de solidaridad con Chile 1973-1990’, que se puede visitar hasta el 29 de septiembre. «Era un hombre sencillo y políticamente consecuente. No hacía promesas en falso».
—¿Usted vio dispararse a Salvador Allende?
—Detrás de mí oí a alguien sollozando. Era Enrique Huerta: «El presidente ha muerto», me dijo. El doctor Patricio Guijón volvió y alcanzó a ver cuando se disparó. Su cerebro saltó por los aires. Fue instantáneo.
—¿Por qué se dudó durante tanto tiempo del suicidio habiendo testigos y se especuló con que fue asesinado?
—Nosotros afirmamos lo que sabíamos. No había militares allí ni ninguna persona de otra nacionalidad. Era fuerte decir una verdad que coincidía con la versión de los golpistas, pero había que decir la verdad. Se dudó porque a como Fidel Castro, Gabriel García Márquez les interesaba decir otra cosa. Finalmente, con la exhumación del cadáver, el doctor Echevarría Gabilondo, confirmó el suicidio.
—¿Cómo vive este recuerdo 40 años después?
—Me emociona, pero tengo la obligación de contarlo.
—¿Se pudo evitar el golpe?
—Se dio por varias razones: la gran intromisión de Estados Unidos, material y humana, pero fue imprescindible que hubiera socios en el interior: los partidos que trabajaron para que el ambiente de violencia terminara con el golpe. De no ser así no habríamos tenido una dictadura. Pero fue así y cuatro hampones tomaron el país, disolvieron el parlamento, mataron, asesinaron, hicieron desapariciones y extendieron su mano hasta el extranjero, asesinado al general Carlos Prats en Buenos Aires.
—¿Se equivocó Allende al no armar al pueblo?
—Era imposible que el Gobierno armara a la gente. La Unidad Popular avanzó en un sistema económico para los más desfavorecidos, en democracia, en respeto a todas las tendencias y sin violencia. Sólo si las fuerzas armadas se hubieran fracturado, pero actuaron unánimente. El golpe no fue solo para ganar poder, sino para enriquecerse ilícitamente. Pinochet no ganaba para tener las cuentas que tenía en el extranjero.
—¿Qué opina de la petición de perdón de la asociación de magistrados?
—Llega tarde. Han pasado 40 años y colaboraron con la justicia militar y las violaciones de los derechos humanos. Pero el arrepentimiento es propio de gente civilizada y también aceptarlo.
—¿Deberían ser juzgados?
—Claro, pero aún hay jueces designados por Pinochet que no se han ido ni se han arrepentido.
—Es inevitable ver paralelismos con España.
—Chile y España tiene dos historias políticas muy similares. En las dos hubo un frente popular. Son las dos experiencias más importantes del siglo XX. El triunfo del Frente Popular en la II República se produce con el auge de la Alemania nazi y el triunfo del fascismo y el intento transformador de Salvador Allende en medio de la guerra fría: la lucha del capitalismo de USA contra el comunismo en la URSS.
—¿Chile era consciente de esa repercusión?
—No, yo me di cuenta de que tenía gran repercusión al salir fuera. Kissinguer dijo: «Esto no puede seguir así porque significa que otros pueden aprender». Si el PCI en Italia se une a la democracia cristiana tendríamos un frente popular en todos los países de Europa. El asesinato de Aldo Moro tiene un significado igual que el de Olof Palme: se acabó el triunfo de la socialdemocracia en Europa.
—Chile estaría preocupado por su situación. ¿Cuál fue la medida más importante que tomó Allende?
—Como país, la nacionalización de la gran minería del cobre. El 70% de las importaciones se pagan divisas de cobre. Para el pueblo lo más importante fue que fueron ciudadanos, no súbditos. Podían opinar de todo. Fuimos un pueblo libre. No lo he vuelto a vivir en ninguna parte. Además, había atención médica, medio litro de leche diario para los niños, acceso a la cultura...
—Parece que entonces se podía soñar y hoy no...
—No tengo certezas, pero sí esperanzas. El mundo está muy mal construido y el ser humano no puede tolerarlo. Es un problema de conciencia. Si la gente se une como hizo Salvador Allende con los partidos de izquierda las cosas tienen que cambiar. Juntos podemos, como veo en algunas manifestaciones.
—Hay quien defiende que Chile es el modelo de éxito del neoliberalismo.
—Es exitoso desde el punto de vista macroeconómico porque Chile crece 5-6% al año y es tres veces lo que era en 1990. Pero es el país que distribuye esas ganancias de manera más desigual. La mayoría no goza del neoliberalismo.
—Tres mujeres son candidatas a la presidencia de Chile. ¿Cómo cree que va a afectar aunque ya han tenido presidenta?
—En realidad tienen posibilidades Bachelet y Matei. Creo que más la primera. Se enfrentan a una responsabilidad muy grande. El 2014 tiene que enfrentar las cosas de manera muy distinta: o explota la situación o se encauza a través de gobernantes dispuestos a cambiar radical y progresivamente. El sistema electoral es antidemocrático.