Obituario Jaime Quindós histórico hostelero y promotor de arte
Por encima de sus estrellas
El humanista que soñó para León un nuevo Renacimiento de arte, iniciativas. y futuro empresarial falleció ayer en la capital a los 77 años de edad.

Jaime Quindós, en una foto de archivo.
A los 77 años de edad,ha fallecido un caballero empresario: Jaime Quindós López. En su concepción de la empresa el beneficio, la ética y la estética formaban un todo. Percibía sus proyectos como atmósferas, por eso hablaba de personas y no de clientes. Él y su esposa Sira Martín-Granizo contribuyeron hasta su jubilación, como ahora lo hacen sus hijos, a que León tuviese ventanas al cosmopolitismo. En el recibidor del Hotel Quindós, la bienvenida te la dan un dibujo de Picasso, una edición de Cien años de soledad dedicada por García Márquez, un Chillida, una vidriera de Zurdo... Cada rincón del hotel es un guiño vital. Aunque nada resume mejor el toque de la casa que ese metacrilato, junto al botón del ascensor, con la definición que da la Academia de la palabra «sensualidad». Sólo a un renacentista se le podría haber ocurrido, en una ciudad tan circunspecta.
El Hotel Quindós, la galería Maese Nicolás, el restaurante Formela, decoración de bancos (Banesto), cajas (Palacio de Botines), hoteles (Alfonso V) y edificios emblemático (Casa del Cordón), el diseño de libros únicos, el mecenazgo... Cuántas grandes creaciones. Y él mismo, claro, aunque no lo supiese.
Sus padres eran bercianos. Don José Quindós emigró a Cuba y de allí trajo unos ahorros con los que abrió una pensión y luego el primer hotel Quindós, en Ordoño II. Si Jaime Quindos heredó de su padre el don de gentes, de su madre recibiría el olfato para el negocio. Y de ambos, la bondad como escudo de armas.
En junio de 1967, abrió sus puertas el Hotel Quindós. Una concepción que hoy sigue siendo novedosa. Fue un empresario de los que atienden en recepción, no sólo en el despacho. Aquí logró plasmar su sentido del espacio arquitectónico como atmósfera, más allá de un sitio agradable. Personas, no clientes. Amigos, no viajeros anónimos. En definitiva, humanismo. Siempre anheló que León contase con una Escuela Europea de Hostelería.
En 1977 creó, junto con su mujer, Maese Nicolás, un modelo de tienda galería sin apenas referentes en España, donde se podían adquirir mediante suscripción a obras de Chillida, Tàpies, Barjola, Julio López, entre muchos otros, entre ellos artistas leoneses. Si bien comenzó con las antigüedades, pronto dejaría este sector para dedicarse al arte contemporáneo y al mueble de diseño, pues allí estaba lo nuevo. Del mismo modo, con el restaurante Formela hizo una valiosa aportación a la cocina leonesa, logrando un diálogo entre modernidad y tradición.
Financió becas universitarias para ser concedidas a buenos estudiantes pero no sobresalientes, como incentivo para superarse. Dos requisitos: no saber quiénes habían sido los beneficiados, ni estos debían conocer el nombre de su benefactor. Pura elegancia.
Apoyó la petición para que la Catedral contase con un nuevo órgano. Pero mucho antes, en los sesenta, había colaborado en la organización de los festivales que convirtieron a León en la ciudad ye-ye. Como los humanistas, era hombre de múltiples registros.
La suya fue una voz respetada en la Fele. Gran lector de libros y de periódicos. Amaba el cine, la música country, las rancheras y los boleros. Pero por encima de todo, a su mujer. Eran un yin y un yang. Sus hijos, cada cual con su estilo, llevan su impronta.
Participaba en tertulias, en las que prefería escuchar a opinar, pues hizo de la generosidad una de las bellas artes. Hay una bonita anécdota que lo define: habían recogido a un autoestopista que se dirigía a León a dormir. Era una tarde de perros y se ofrecieron a llevarle a una pensión, pero una vez allí no había habitaciones libres por lo que acompañaron a buscar otras. Todas estaban al completo. «No te lo hemos dicho para no condicionarte, pero tenemos un hotel y serás nuestro invitado», le dijo. Cuando llegaron, también estaban llenos. ¿Solución? Le pagaron una noche en el San Marcos. «Supongo que jamás nos olvidó», me dijo. Somos muchos quienes no olvidaremos a Jaime Quindós, hoy y siempre por encima de sus estrellas.