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León

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Allá en el último tercio del agitado siglo XIX, los leoneses llevaban una existencia plácida y feliz desarrollada bajo la gratificante democracia del sol, sin demasiados caprichos pero tampoco agobiados por acuciantes necesidades. Y llegado el verano aparecía la corte de abanicos, bebidas refrescantes y fiestas a todo trapo, en las que brillaba la figura del petrimetre, el invitado que acompañaba a la señora de la casa en los distintos actos sociales, sustituyendo la presencia del marido. Este pisaverde jamás traspasaba los límites de un amor puro y casto, limitándose a dedicar a su acompañante nada más que atenciones, galanterías y quizá algún obsequio. En fin, una suerte de adulterio platónico.

La vida durante el estío se convertía en un atractivo cuenco de cerezas, idóneo para llevar a los Cuadros vivos que se programaban en el teatro Principal o al circo ecuestre que sentaba sus reales en la plaza del Conde Luna. Espectáculos ambos que gozaban de gran tirón popular, pero que hacían estragos en los bolsillos de los chalecos. A ello se refiere el gacetillero en su queja: protestamos abiertamente contra tal infamia si nuestras niñas no prefieren el aire libre a esas obscenas costumbres.

No menor gancho tuvo el Cosmorama con vistas de la guerra de África. El eterno conflicto en tierras de Marruecos solía estallar cada cierto tiempo, en una espiral de emboscadas y traiciones que no habría de concluir hasta mucho después. Mientras tanto, el gobierno y la prensa se limitaban a ensalzar el patriotismo y la valentía de los soldaditos españoles:

Si a las bayonetas tienen

miedo y asco los moritos

es, dicen, porque las untan

los cristianos con tocino

ATARDECERES DE LUJO

Los rumores se descontrolaban en la capital al recibir a visitantes como el señor Ildemon, un especialista en daguerrotipos y miniaturas que ponía a la venta su profusa colección de alfileres, estuches, medallones y guardapelos, el adorno romántico por excelencia. O la acreditada fotógrafa madame Ludovisi, que en su estudio de la calle de La Rúa realizó infinidad de retratos tan bien concebidos como trabajados. El local se vio invadido por bellezas de tez rosada y ojos provocativos, afortunadas ellas por haber nacido bajo un cielo limpio y despejado como el nuestro. Las mismas muchachas que lucían cada noche sus hermosos atributos en el jardín de San Francisco, lugar sagrado de la memoria leonesa, ataviadas lindamente con faldas de seda fina, flamantes borceguíes, pañuelos de alelí, abotonados guantes y sombreritos gentiles.

Una luz de color melocotón solía bañar el jardín trazado frente a la iglesia de los capuchinos, donde la vida estallaba a borbotones cuando la ciudad sudaba debido a los rigores de un calor que semejaba el aliento del diablo. Epicentro de las emociones locales en época decimonónica, señoras y señoritas que eran la flor de la sociedad daban oportunidades y esperanzas a los ávidos ojos masculinos, embelesados ante las chiquillas con mejilla de pura grana y talle de serafín, cuyos ojos causaban más estragos que drogas heroicas como la cocaína que se vendía entonces sin receta en las boticas locales.

Las comodidades públicas recibieron un significativo impulso gracias a los respaldos de hierro que se colocaron para atemperar la dureza de los asientos de piedra que jalonaban, aquí y allá, un rincón significado por la fragancia, el frescor y el verde. Atardeceres de lujo cubrían de sombras el parque de San Francisco, momento en que se encendían los puntos de luz que entrelazados en la enramada despedían su resplandor para iluminar la faz de las más hermosas mujeres. Un exultante cronista se hace eco de tamaño prodigio estético: los faroles nos proporcionan el placer de poderlas contemplar aun de lejos, y merced a este beneficio nos enteramos de lo bien que se engalanan las leonesas, dándonos ocasión de admirar sus esbeltos talles y lindas cabelleras y aún los torneados hombros de algunas que desafiando al fresco se presentan bastante escotadas.

JAVIER TOMÉ

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