Diario de León

Una cámara, dos latas de atún y dos de mejillones

Fotoperiodista de raza, López escogió los temas sociales y las injusticias como objetivo de su cámara para intentar que sus imágenes mejoren la vida de quien fotografía

López en una exposición de sus fotografías

López en una exposición de sus fotografías

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M.C. CACHAFEIRO / ÁLVARO CABALLERO | LEÓN
León

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Armado con su cámara y «dos latas de atún y dos de mejillones en la mochila», como le dibuja siempre su amigo David Rubio, viaja por ahí José Manuel López (León, 1971). Un pasaporte internacional que le ha dado entrada en más de 60 países para retratar «los temas que tienen que ver con los conflictos sociales y las injusticias que acontecen en el mundo». Irak, Irán, Kosovo, Afganistán, Somalia, Sudán del Sur, Ucrania, República del Congo, Kosovo, Palestina, Guatemala, Venezuela, Haití, Bolivia, Argentina, Chipre, Armenia... «Me gustaría pensar que mi trabajo puede ayudar a mejorar la vida de las personas que fotografío», suelta en su web con esa modestia que le esconde detrás del ojo de su objetivo para mutar en imágenes un carácter introvertido, desenfadado, algo ausente pero siempre alerta. Un hombretón subido casi a los dos metros, escondido tras los visillos de un flequillo despeinado, callado como quien sabe que el horror no tiene palabras que escapen a la lente de una Leica.

Formado en la Escuela de Arte de Oviedo, López desarrolló su primera etapa profesional en La Crónica de León, bajo el magisterio de Mauricio Peña. Once años en los que le tocó retratar una sociedad que la mayoría de las veces no le gustaba, plagada de imágenes que llegaban a primera página con sonrisas ficticias, mientras buscaba fotografiar justo a los que no salían, los que no se llevaban los galones de los titulares. Una asfixia que combatía en vacaciones, cuando viajaba al extranjero y producir sus propias historias, casi siempre en territorios con conflictos armados o sociales. Veranos y veranos que terminaron por meterle dentro el veneno de la tribu de los fotoperiodistas de guerra. Entonces, cuando el periódico empezó a tambalearse, en 2009, aprovechó el impulso para montarse por su cuenta como freelance a tiempo completo: sin ninguna cobertura, sin seguro laboral, con todo el riesgo de su parte y las facturas de gastos por encima en la mayoría de los casos de los cheques que ingresaba por vender las fotos. No le importa.

Con ese equipaje ha firmado imágenes en cabeceras internacionales como The New York Times, The Guardian, Le Monde, Der Sipiegel, L’espresso, El País, La Vanguardia, El Mundo... Un currículum en el que suma reconocimientos como el tercer lugar en los Internacional Photography Awards (IPA) categoría Editorial Noticias General, segundo lugar en el Unicef Photo of the Year Award, tercer premio de la Px3 Prix de la Photographie, donde fue reconocido además con la medalla de oro en la categoría de prensa general y la medalla de plata en la de guerra por una serie de imágenes de Alepo. Unas imágenes, que ya le había reportado unos meses antes el PDN Photo Annual en la categoría de fotoperiodismo, que mostraban un rosario de cadáveres abandonados en el río Quweiq de la ciudad siria en la que ahora ha desaparecido junto a otros dos compañeros a los que ya conocía de viajes anteriores.

Por San Juan pasó por León para ver a la tribu de compañeros fotógrafos leoneses que le admiran sin que lo sepa, porque le parecería mal, y a la vuelta de recoger el premio en París preparó de nuevo la mochila con dos de atún y dos de mejillones para volver a Siria, donde tenía la intención de intentar entrar en los barrios de Damasco controlados por los rebeldes, como confesó a Tam Tam Press antes de partir. Apenas hace trece días que había llegado a Alepo hasta que el día 11 de julio se cortó la comunicación. Ni fotos, ni mensajes.

A la espera de que regrese queda en su web personal (www.jmlopez.net) un mapa con la localización de la mayoría de sus historias, sin reflejar Siria, bajo la que aparece una cita de H. D. Thoerau que resume su filosofía de vida: «Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida... Para no darme cuenta, en el momento de morir, de que no había vivido».

No tardes, López.

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