Lo que el tiempo se llevó
La leonesa Pilar Ordás conserva más de un millar de octavillas de las películas que proyectaban en los cines y de las obras teatrales de León a partir de la década de los años 40 y que su padre, Mariano Nistal, fue coleccionando a lo largo de los más de cincuenta años en los que trabajó para la empresa Elde, primero como operador cinematográfico y posteriormente como jefe de personal.
Pilar Ordás Nistal conserva más de mil programillas de mano que se repartían en cada proyección cinematográfica.
Una joven apresura el paso a la salida del trabajo y camina con dirección a la avenida de la Independencia. Justo frente al Teatro Emperador se reúne con un grupo de amigas. Uno de tantos que se concentran en las inmediaciones. Risas, largas colas, carreras de última hora para llegar a tiempo al pase de las cinco que congregaba a un variopinto grupo de gente e impaciencia. Mucha impaciencia. Corrían los años cuarenta y el cinematógrafo entraba en su edad dorada, por lo que las salas de exhibición se multiplicaban en la capital leonesa. Precisamente en una de ellas comenzó a trabajar con 14 años Mariano Nistal Robles. Dentro de esas paredes cargadas de mil y una historias, llenas de risas y llantos, de dramas y comedias descubrió su pasión, el cine, al que dedicaría toda su vida. Pasó de ser una mera afición adolescente a convertirse en su profesión. En una forma de ver la vida. Y así, sin mayores pretensiones comenzó a coleccionar aquellos programas que se repartían, convertidos por sí mismos casi en obras de arte. Mantuvo esta afición hasta su jubilación en 1992, pero hoy la conserva su hija Pilar Ordás Nistal. «Había muchísimos más pero desde el 2008 que comenzó con el alzhéimer se fueron perdiendo bastantes. Incluso los regalaba y para mí, más allá del valor económico que puedan o no tener, tienen un valor sentimental incalculable. Además siempre los tuvo muy bien conservados», comenta Ordás.
Todavía hoy son visibles las huellas de tantas tardes en las que las salas del Gran Teatro Emperador se llenaban de gente. Incluso su fachada deja entrever las historias de las miles de películas cuyos carteles colgaron de sus tablones y proyectaron en sus pantallas. Atrás quedaron sin embargo la majestuosidad de sus salas, las concurridas colas de ansiosos y curiosos que se agolpaban a sus puertas cada vez que había un estreno teatral y los artistas de la época que accedían a sacarse fotos con todo el mundo. Arturo Fernández, Pedro Osinaga o Elisa Ramírez forman parte de esa constelación de estrellas que pasó por los escenarios de los anfiteatros leoneses. Precisamente una de aquellos apasionados por este arte era la hija de Mariano, Pilar. Se podría decir que se crió entre bambalinas, su padre se convirtió en operador cinematográfico y siempre que podía se escapaba para acompañarlo. Unos años más tarde, en 1967, le nombraron jefe de personal de la empresa Elde (Empresa Leonesa de Espectáculos) que era la encargada de gestionar los cines de la ciudad. «Mi padre hacía un recorrido e iba por todos ellos para ver cómo marchaban las cosas, para controlar que todo estuviese en orden. Me llevaba con él y yo disfrutaba muchísimo», relata Pilar.
Los años pasaban y los programas proclamaban todos y cada uno de los progresos que se producían. ‘Estreno a todo color’, rezan una inmensa mayoría de ellos. Incluso algunos están autografiados. «Cuando venían al teatro artistas conocidos, a todo el mundo le encantaba ir a los camerinos del Emperador o el Trianón a felicitar a la actriz o al actor por la obra», recuerda Pilar mientras se detiene en una octavilla con el autógrafo de Teresa Rabal.Más de cinco décadas en las que queda patente la pasión, originalidad y talento que se ponía cada día en el diseño de los programillas de mano. Cincuenta años que hacen un recorrido a través de las más de mil octavillas que forman ya parte de la historia del séptimo arte. Y todas y cada una de ellas las tiene Pilar recogidas en dos grandes álbumes. Mil programas a todo color que le evocan otros tantos recuerdos de su infancia cada vez que pasa una página. «Los intocables de Eliot Ness de 1987 es una de mis favoritas. Pero una que realmente me fascinaba y que recuerdo ver en incontables ocasiones es El mago de Oz de 1939, con Judy Garland».
Entre ellos llama la atención uno de los programas antiguos de la colección que corresponde a Goyescas estrenada en el año 1942 en el Cine Mary y protagonizada por la siempre magnífica Imperio Argentina. Otra que de nuevo capta su atención es Un hombre de negocios que se estrenó tan solo unos años después, en 1945, con Antonio Casal y Ana María Campoy.
El séptimo arte era el mayor entretenimiento de la época. «No sabes cómo se ponía la ciudad en San Froilán, la cantidad de espectáculos que venían, al igual que en San Juan y San Pedro», afirma.Los años setenta y ochenta fue una época de esplendor en la que los llenos eran continuos a todas horas. «Por ejemplo, una cajera salía de una tienda a las 8.10, aunque ya hubiese empezado la sesión a las 8 no le importaba perderse el inicio y se iba directamente al cine. Era auténtica devoción», relata Pilar.
Las primeras películas que la factoría Disney trajo a León las solían poner los domingos de matinal. «Daban muchas invitaciones a los más pequeños de la casa y por lo general se hacía en el cine Crucero o en el Condado. Podía ser una vez cada tres meses. No eran tan habituales como en la actualidad», apostilla.
Otro de los pases que atraía a muchos curiosos era la ‘sesión golfa’ que desapareció con el cierre de los cines Kubrick. Todo un clásico. Consistía en poner películas más tarde de la hora establecida, que eran la 12 de la noche, durante los viernes y sábados. «Cuando proyectaban películas que eran un poco subidas de tono o de violencia mi padre siempre me decía, ‘¡tú no mires!’. Así que me subía al palco del ayuntamiento para verlas», explica.
Pilar da un último repaso a los grandes álbumes llenos de esos pedacitos de historia que dan fe y son testigos mudos de aquella época en la que los leoneses llenaban las salas de proyección en busca de una nueva historia, y recuerda que desde muy pequeña empezó a gestarse su afición por el cine, pasión que todavía hoy mantiene aunque prefiere las películas antiguas a las actuales. «Sin duda me sigo quedando con aquellos largometrajes en blanco y negro, con unos decorados exquisitos y unos guiones aún mejores que te tenían enganchada desde la primera imagen hasta la última. Para mí la vida sin cine sería muy aburrida», finaliza Pilar.
SANDRA ALIJA