CRISIS EN UN PRODUCTO EMBLEMA
Las disputas en la etiqueta Cecina de León desploman su producción
Sólo una de cada diez elaboraciones que se consumen lleva el sello de calidad
Presentación del sello de la cecina el 6 de octubre de 2011
En menos de una década el número de piezas certificadas con el sello Cecina de León que llega al mercado ha caído un 50%, un fenómeno que coincide, sin embargo, con un crecimiento sin precedentes en la venta de este producto señero de la provincia (con y sin etiqueta), que en los últimos diez años ha logrado duplicar su consumo. Los números hablan por sí mismos, actualmente sólo una de cada diez piezas vendidas llevan marchamo de calidad: de los aproximadamente 500.000 producidas en la tierra, alrededor de 60.000 están supervisadas por el Consejo Regulador de la IGP Cecina de León, según los últimos datos.
¿Por qué una de las etiquetas de calidad de la provincia con más arraigo y que ha logrado mayor proyección atraviesa esta crisis? La rentabilidad tiene la respuesta después de que la Junta decidiera que ya no tenían que certificarse, como se hizo durante años, el cien por cien de todas las piezas producidas por los industriales adheridos a la etiqueta, una determinación sustentada en la propia Ley de Competencia, con el objetivo de no impedir otra actividad comercial por parte de estos empresarios.
Así, parte de los diecisiete industriales incluidos en el sello de calidad, que llegó a reunir a veinticuatro en sus buenos tiempos, han optado por sacar cecina al mercado a través de una línea B, es decir, no certificada, utilizando para su elaboración piezas de vacuno no incluidas en la etiqueta como los centros de contra o los redondos.
Con esta decisión logran que su producto sea más rentable «en tiempo de curación, desperdicio y precio», reconoció uno de los industriales consultados ayer por este periódico. La diferencia de precio entre estas piezas y las de la IGP (babilla, tapa, cadera y contra) oscila entre los cinco y seis euros. Así, las primeras cuestan en el mercado diez euros por kilogramo, mientras que las que cuentan con etiqueta de calidad valen quince.
Otro de los industriales preguntados ayer, favorable a la ortodoxia de la etiqueta en el cien por cien de las piezas elaboradas por los empresarios de la IGP, explicó que «mientras una pieza con sello necesita no menos de siete meses para su curación, el resto en dos o tres están en el mercado; por lo que pueden hacer cuatro rotaciones al año con las otras y sacar más dinero». Aseguró que esta línea de mantener la ortodoxia de la producción cuenta con el apoyo de la mayor parte de los industriales.
Otro de estos empresarios va más allá y culpa directamente «a la dejadez de las administraciones por diversos intereses de que las figuras de calidad estén perdiendo peso». En este sentido, se refirió a la influencia de la etiqueta Tierra de Sabor de la Junta. «Bajo este paraguas y con dinero quieren controlar los consejos reguladores y nuestros sellos de calidad de esta forma pierden singularidad. ¿Qué impedirá así que cualquier productor pueda elaborar cecina en cualquier sitio de Europa?»