«Para mí es un orgullo verlo; falta dar uso»
Un hijo del último propietario recuerda la historia del edificio, que temieron «que se viniera abajo».
Un «orgullo». Así valora un hijo del último propietario de Araú, José González Morán, la reforma de la vieja factoría que puso en marcha Adriano Alcorta y su mujer Petra Domínguez a mediados del siglo XIX. Aquellos emprendedores fallecieron sin descendencia y el negocio lo heredó en 1911 su sobrino Eusebio Araú González, que logró consolidar la fama de los productos de la empresa familiar y extender el mercado a toda la península. Considerado un visionario, construyó el matadero y un laboratorio de reconocimiento microscópico de carne. También logró que sus embutidos ‘hicieran las Américas’, al idear unos envases con manteca que conservaban los alimentos y que sirvieron de avituallamiento a los tripulantes y a algunos pasajeros de los interminables viajes para cruzar el Atlántico desde Vigo. «Los barcos tardaban 30 días en ir y otros 30 en volver, y las latas no era que se exportaran a América, es que servían para consumirse en los trayectos», explica. González conserva curiosas facturas de Araú, en las que se incluye un pomposo saluda antes de la firma: s.s.q.b.s.m., que significa «seguro servidor que besa su mano». A su muerte, en 1935, tomó las riendas de la fábrica su viuda Sira Sampedro Manrique, que modificó ese colofón poniendo s.s.q.e.s.m. (segura servidora que estrecha su mano). Destacó por ser una mujer avanzada para su tiempo, ya que dirigió la chacinería durante 17 años y logró que las hermanas de Eusebio, María del Pilar y Luisa Apolonia Araú, le vendieran los derechos de herencia que un juzgado les reconocía en 1940 al haber fallecido sin descendencia su hermano. Sira vendió Araú el 24 de noviembre de 1952 a Buenaventura Santos en 250.000 pesetas. Era la hermana de un conocido veterinario leonés, Mariano Santos, que dirigió tres años la factoría, antes de vendérsela el 9 de julio de 1955 a los bañezanos González Morán y Eleuterio Nistal Luengo en 800.000 pesetas. El primero poseía ya una industria de embutidos en Palacios de la Valduerna y se hizo con la parte de Nistal al año siguiente por 1,1 millones de pesetas. Su hijo recuerda que llegó a Araú con cinco años y que le impresionaron los «techos altos, las habitaciones tan grandes». En el sótano colgaban los jamones y en la planta principal tenían una tienda y oficina, en el primer piso su vivienda y en el segundo, la hospedería para la treintena de trabajadores de temporada, de octubre a marzo. En 1992 se trasladaron a San Miguel del Camino y Araú quedó desocupado. «Siempre temimos que se viniera abajo, la negociación con el Ayuntamiento fue larga, pero al ser un edificio singular había un ánimo de no derribarlo, conservarlo y compartirlo por parte de nosotros. Cedimos 2.500 metros cuadrados y los otros 7.500 de la finca se recalificaron para viviendas. Verlo ahora así, me parece un orgullo, falta dar uso», indica.