Diario de León

DE FRENTE Y DE PERFIL

El cerebro, la ejecutora y la cooperadora

El veredicto del jurado popular culpa a las tres mujeres un rol preciso en el magnicidio de Isabel Carrasco, en la línea del fiscal y las acusaciones

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ana gaitero | león

La ambición planeó el crimen, el odio apretó el gatillo y una incógnita involucró a una policía local. Resultado: Magnicidio en tres tiempos con reparto de papeles. El veredicto del jurado popular asigna a Montserrat González el rol de inductora y ejecutora del asesinato de Isabel Carrasco, a Triana Martínez el rol de cerebro y colaboradora y a Raquel Gago, la policía local del Ayuntamiento de León, el de cooperadora.

Una ingeniera de telecomunicaciones que fue colocada a dedo en la Diputación provincial, que no obtuvo la plaza definitiva y vio frustradas sus aspiraciones políticas tiene un papel decisivo en el asesianato. Un ama de casa, esposa de un inspector jefe de policía, comisario en Astorga en el momento del crimen, que vive por y para su hija es la justiciera. Y una policía local que había estudiado para ser maestra se involucra sin que se sepa por qué en una de las páginas más negras de León.

Montserrat no logró salvar a su hija. Tal era el propósito de su acción, tal y como declaró al tribunal popular el primer día del juicio, el pasado 19 de enero, en su confesión: «O ella o mi hija», dijo en el juicio. Isabel Carrasco está eliminada, pero su hija ha quedado privada de libertad y del horizonte prometedor como ingeniera de telecomunicaciones, como mujer y como política.

Madre e hija regresaron juntas ayer a la cárcel de Mansilla de las Mulas, un día más. Ayer cumplieron 647 jornadas de su vida en la cárcel. La madre con 60 y la hija con 37 años.

Raquel no logró salvarse a sí misma. Triana y Raquel no consiguieron ayudarse en el juicio con el pacto de no agresión que sellaron sus defensas. Los ojos de Triana se posaban sobre la cabeza de Raquel día tras día en el juicio. Como una losa.

Montserrat odiaba a Isabel Carrasco por la «persecución injusta» de ésta hacia su hija y ambas acordaron matar a la presidenta de la Diputación. Triana acumuló información y buscó armas en Internet.

Raquel Gago entra en el tercer tiempo de la preparación del crimen. El jurado popular considera probado que participó en los seguimientos, aceptó formar parte del plan y escondió el revólver tras el asesinato. Sin móvil. No se ha acreditado, ni figura en el objeto del veredicto, el motivo que pudo llevar a la policía local, con su vida resuelta, a participar en el crimen.

Las tesis del fiscal y las acusaciones triunfaron en las deliberaciones secretas de los cinco hombres y cuatro mujeres (con dos suplentes que no tuvieron que intervenir) del jurado popular. De nada sirvieron las estrategias de la defensa.

—¿Por qué dice que tiró la pistola en un garaje cuando no lo dijo en el juzgado?—

La interrogante quedó sin respuesta. Montserrat González, culpable del magnicidio de Isabel Carrasco, se negó a contestar a las preguntas del fiscal, las acusaciones particulares y la defensa de Raquel el día de su declaración ante el tribunal del jurado. Sólo respondió a su abogado, José Ramón García.

Las respuestas del jurado a las preguntas planteadas por el magistrado echaron por tierra la estrategia de la defensa de apartar a Triana de la planificación del crimen no tuvo éxito. El jurado decidió por unanimidad que Triana Martínez, la joven promesa que diseñó el plan y contribuyó decisivamente al asesinato de Isabel Carrasco.

—¿Tiene una hija única?—

—Sí, Triana—

El letrado defensor enlazaba una pregunta con otra sin darle tiempo a contestar. Montserrat se explayó al explicar la «muy estrecha» relación con su hija a raíz de los problemas de espalda —una escoliosis— que le detectaron en la infancia y del trabajo de policía de su marido, sin mucho tiempo para estar en casa. Dedicaron las tres cuartas partes del interrogatorio a explicar el ‘móvil’ del crimen. El odio hacia Isabel Carrasco por perseguir a su hija y no darle la plaza de ingeniero de telecomunicaciones de la Diputación que «habían creado para ella». Eran las 17.30 horas del 19 de enero cuando Montserrat relató los tres suicidios de otros tantos jóvenes del entorno familiar y laboral del inspector Pablo Antonio Martínez que le hicieron temer por la vida de su hija.

EL DÍA QUE LLORÓ TRIANA

En ese momento, Triana Martínez llora y pide algo a los policías encargados de su custodia. Le dicen «no» con un gesto de la cara. La agente judicial se percata y le acerca unos pañuelos de papel para enjugar las lágrimas.

La madre cambia de postura y descruza las piernas en este punto del interrogatorio. Empieza el relato sobre la compra del revólver: «Lo compré en Gijón. Conocí en el mercadillo a una que me dijo que Armando andaba con esas cosas».

Será cierto o no. El veredicto no entra en este episodio concreto. Lo que no admite es que Triana ignorara todo el asunto, como defendió en su declaración Montserrat González: «Guardé las armas en la habitación donde yo duermo. Triana no entraba allí, era yo la que limpiaba y todo».

Tampoco prosperó la tesis de la defensa del engaño de los policías de Burgos, ni los informes del psiquatra sobre el cuadro paranoico con ideas delirantes.. Y creyeron al policía jubilado que siguió a Montserrat y aseguró que no vio tirar nada en el garaje a pesar de aseguró no reconocer su voz en una llamada del 112.

No ha sido útil toda la declaración, de madre e hija, en torno al episodio de acoso sexual de Isabel Carrasco hacia Triana un día de enero de 2010, que no precisó, en su casa. El jurado ni siquiera se tuvo que pronunciar sobre este hecho. Ninguna de las preguntas del objeto del veredicto versan sobre el episodio, lo que da a entender que no era relevante para determinar la responsabilidad en el crimen.

El confuso relato sobre el beso de Carrasco que Triana volvió a sacar a colación en su alegato no sirvió de nada.

Silencio fue la respuesta de Montserrat González en el alegato final. «El silencio forma parte de la defensa», dijo el abogado defensor. El último día, cuando expuso las conclusiones definitivas, dio un golpe de efecto en la sala con tres minutos de silencio para demostrar al jurado que no era posible que hubieran pasado ese tiempo entre el primer disparo de Montserrat a Isabel Carrasco y la llamada al 112 de Elena Morandeira, la esposa del policía jubilado, a las 17.18 horas. El jurado le ha dado crédito, aún a riesgo de contradecirse pero su tesis no ha beneficiado a Triana. Dieron por buena su versión de que la hora del crimen fue «casi las 17.17 horas» y no «casi las 17.15 horas» como se dice en el sumario.

«Soy inocente, soy inocente», fueron las últimas palabras de Raquel al finalizar la vista oral. No ablandó al tribunal aunque algunos vieron en sus ojos agua de piedad. Ayer lloró amargamente. Su abogado también.

Un mes y un día después del juicio, la verdad sobre el caso Carrasco está aún por escribirse, pero hay un veredicto de culpabilidad para las tres y pronto habrá una sentencia que determinará la cuantía de las penas.

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