Diario de León

cinco siglos en clausura

«Dios sigue llamando, pero hay tanto ruido fuera que no oyen»

El convento de las madres Concepcionistas cumple 500 años de existencia en la ciudad sin perder la clausura y con apenas 8 monjas que sacan adelante la fabricación de formas para el culto y el mantenimiento

Sor Beatriz, sor Elsi, sor Isabel, sor Nieves, sor Piedad, sor Feli, sor Nuri y sor Inmaculada, ayer en el claustro del convento de clausura de las Concepcionistas. RAMIRO

Sor Beatriz, sor Elsi, sor Isabel, sor Nieves, sor Piedad, sor Feli, sor Nuri y sor Inmaculada, ayer en el claustro del convento de clausura de las Concepcionistas. RAMIRO

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álvaro caballero | león

No hay ruido en clausura. Sólo se oye el trino de los pájaros en el huerto. Nadie diría que detrás de la muralla que la resguarda se atropellan los vehículos por la avenida de Independencia, en pleno centro de León. Dentro, el recogimiento estalla con una campana a cuya llamada procesionan disciplinadas las madres concepcionistas con los hábitos blancos, las tocas negras y las capas azules terciadas sobre los hombros a pesar del calor que ya hiere la ciudad. «Aunque seamos monjas, somos mujeres», bromean, mientras sonríen para la foto después de ensayar varias poses en el pequeño patio de entrada. Cumplen 500 años, desde que Leonor de Quiñones y Enríquez, hija del primer conde de Luna, donara su palacio para construir el convento en el que se asientan todavía hoy.

A pesar de que la celebración del V centenario ha traído estos días a una docena de hermanas de Mondoñedo, Vivero, Ponferrada y Villafranca, en León sobreviven apenas 8 monjas en los 5.000 metros cuadrados que ocupan la iglesia, la residencia y la huerta de la antigua casa palacio. La memoria la rescata sor Isabel, que el próximo 8 de julio cumplirá 94 años, 76 de ellos dentro de los muros del convento. Su padre la trajo «en el carro tirado por las mulas que usaba para arar, el día de San Isidro», con sólo 18 años. «Se ofreció la virgen por mi madre, que se murió con 38 años y dejó a mi padre con ocho chiquillos, y me dijo que me ofreciera como monja», recuerda, sin el menor arrepentimiento por haber dedicado toda una vida a la oración y la comunidad concepcionista. «Está así de bien de comer poco y trabajar mucho», confirman sus compañeras entre risas, en el pequeño recreo que se forma a media tarde.

Salvo en estos ratos, «sólo se habla lo necesario», comenta la abadesa, sor Beatriz, quien describe una rutina diaria que empieza a las 06.15 horas, «excepto los domingos que es a las 07.00 horas». Coro, laudes, oración, eucaristía y tercia preceden al desayuno, que da paso a «la jornada laboral». Unas van a la portería, otras preparan la comida, otras escriben crónicas y otras hacen las formas para el culto, que es uno de los medios de ingresos del convento, donde la mitad cotizan a la Seguridad Social y las otras cuatro dan sustento con sus pensiones a los gastos de mantenimiento de la casa. Por la tarde, hay nona, lectura espiritual, más trabajo, coro, rosario, vísperas y oración personal antes de la cena, que deja otro pequeño recreo para que se cuenten «las cosas» y se acuesten «hacia las 11».

Antes no salían casi nunca, aunque ahora tienen que hacerlo más: al médico, al dentista... Entre estos paseos e internet, que les sirve sobre todo para conectarse con otros conventos de la orden, saben lo que pasa fuera e intentan entender las cosas «desde el prisma de la fe». «Se han perdido mucho los valores religiosos, pero somos comprensivas y esas cosas las llevamos a la oración para que el Señor valore», explica sor Beatriz.

Hace 7 años que entró la última, sor María Nieves, y se pierde la cuenta de cuando llegaron a sumar una treintena. «La persona responde a una llamada», cita la más joven, partidaria de «dar a conocer el camino para que quienes quieran sepan dónde ir». Ahora, incluso tienen «experiencias»: periodos de 15 días en los que las interesadas pueden probar la vida en comunidad para «entregarse a Dios, que es la suma felicidad», apunta la abadesa. «A dios y a los demás, porque sólo con Dios no se va a ninguna parte», apostilla sor Nuri. «No se han enterado las jóvenes de lo que es esto; si no, entrarían más, aunque hace falta la gracia de la vocación», avisa sor Inmaculada, convencida de que habrá relevo para mantener el convento. «Dios sigue llamando, pero hay tanto ruido fuera que no oyen», argumenta.

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