Diario de León

ADIÓS A JOSÉ ANTONIO ALONSO

La voz comprometida del juez Alonso se apaga

LEONÉS ILUSTRE. El jurista y político leonés José Antonio Alonso fallecía ayer a los 56 años de edad. Nacido en el barrio ferroviario del Crucero, la amistad con Zapatero y el talento le convirtieron dos veces en ministro. Su moderación y lealtad sembraron un respeto unánime en todos los ámbitos..

Alonso abraza a Zapatero el 18 de noviembre de 2011 en el mitin de despedida del socialista leonés como presidente del Gobierno antes de las elecciones del 20-N. JESÚS F. SALVADORES

Alonso abraza a Zapatero el 18 de noviembre de 2011 en el mitin de despedida del socialista leonés como presidente del Gobierno antes de las elecciones del 20-N. JESÚS F. SALVADORES

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m. romero | león

Auténtico, preparado, instintivo, íntegro, comprometido, utópico, leal. Son muchos los calificativos que conducen a la unánime tristeza generada por la muerte de José Antonio Alonso. El reputado jurista y político leonés fallecía ayer en Madrid a los 56 años de un cáncer de pulmón. La moderación que profesaba en todos los campos sembró un respeto que se puso de manifiesto aquel día que volvió al Congreso de los Diputados tras la grave cefalea que le tuvo apartado unos meses de la actividad parlamentaria: todo el mundo se levantó para aplaudir el momento en el que ocupaba su escaño de diputado por León.

Nacido en el barrio ferroviario del Crucero el 28 de marzo de 1960, José Antonio Alonso Suárez —’Antoine’ en su infancia, Toño para su círculo— era hijo de Pedro, un trabajador especializado en maquinaria agrícola, y Luz, ama de casa. Tenía un hijo.

Deja un importante legado al margen de lo personal. En lo profesional cosechó una carrera brillante desde que comenzara a ejercer como juez en Torrelavega a los 24 años de edad. Después seguirían Santoña y Pamplona, Las Palmas de Gran Canaria ya como magistrado y, finalmente la, Audiencia Provincial de Madrid. En esta ciudad se estableció y siguió manteniendo la amistad que siempre le unió a José Luis Rodríguez Zapatero, con quien entabló un infranqueable vínculo a los 14 años de edad en las aulas del Colegio Leonés.

Esa confianza, que después sería fidelidad, y el talento llevaron a Alonso a la política en 2004, cuando su amigo, ya elegido secretario general del PSOE, le convenció para que encabezara la lista de los socialistas leoneses a la Cámara Baja. Fue entonces cuando su biografía, preparada para continuar una prometedora carrera en la magistratura, dio un vuelco radical. Dijo sí a ZP. Aceptó la propuesta y un mes después era nombrado ministro del Interior, a pesar que todo el mundo pensara que su salida natural sería el Ministerio de Justicia. Pero eso no ocurrió.

Dos años después de hacer una extraordinario trabajo en Interior —ETA no cometió asesinatos durante su gestión y anunció una tregua que después rompería con el atentado de la T4—, Zapatero le entregó la cartera de Defensa para sustituir a José Bono, que se iba a presidir el Congreso. «¿Un ministro de Defensa pacifista?», se le preguntó entonces. «Y quién no lo es. Yo creo en la bondad de las personas», respondía distante, quizá por una timidez no reconocida.

En 2011, el PSOE perdió las elecciones —en León se quedó con dos de los tres diputados conseguidos en 2008— y Alonso se mantuvo al frente del grupo socialista hasta que el 20 de diciembre de 2012 decidía poner fin a su carrera política y dedicar su tiempo a cuidarse él mismo y a su familia, como declaró.

El balance personal y de gestión en todos esos años se reflejaba ayer en el tanatorio La Paz —a las 04.00 horas de hoy fue allí incinerado— por donde desfilaron personalidades de todos los partidos y ámbitos profesionales. Entre otros muchos logros, con Alonso se estableció la Unidad Militar de Emergencias en León y la multinacional Indra anunció su asentamiento en la ciudad con la creación de 200 empleos tecnológicos. También desbloqueó inversiones en el campo de tiro del Teleno. Como titular de Interior sacó adelante el carné de conducir por puntos y en Defensa tuvo que vivir los peores momentos de su carrera política, cuando un atentado segó la vida de seis cascos azules en el Líbano. Quizá por ello visitaba cada Navidad a las tropas en misión de paz. Y alguien le sacaba una bandera de León en Afganistán o en Kosovo. Entonces le salía el «cómo me presta esto» que tanto animaba a los soldados leoneses.

Aunque tuvo que demostrar hasta la saciedad su valía política dentro del PSOE, partido al que no estaba afiliado cuando accedió a ser ministro, lo hizo con la discreción que le caracterizaba y bajo un lema que repetía en cada entrevista: «Creer en uno mismo; es algo importantísimo para llegar donde quieres».

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