Diario de León

El Parque cuida de que sus ídolos se vayan en triunfo

Padilla se despide de su legión de admiradores leoneses saliendo a hombros acompañado por El Fandi y Guillermo Hermoso de Mendoza.

Padilla anduvo variado con el capote, sobre todo en los lances de recibo y también al intentar algún quite. JESÚS F. SALVADORES

Padilla anduvo variado con el capote, sobre todo en los lances de recibo y también al intentar algún quite. JESÚS F. SALVADORES

María Jesús Muñiz Prieto
León

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La plaza del Parque cambia de cara en función de los diestros que pisan su arena. Y cuando llegan los guerrilleros se puebla de seguidores incondicionales que les quieren ver triunfar, sí o sí. Ellos ponen de su parte simpatía a raudales y oficio de sobra, y lo de menos es que haya toros propicios para el éxito. Con lo que se disfruta de verdad es con esas vueltas al ruedo jolgoriosas y entregadas en las dos direcciones. Los toreros cumplen su parte, el respetable abandona los tendidos feliz y quien sólo lea el resultado a los puntos creerá que fue aquello un gran espectáculo taurino.

Aunque para eso hace falta que los toros pongan de su parte. Si no bravura y emoción, al menos algo de movimiento y estabilidad. No fue el caso ayer, a excepción del bravo segundo novillo de rejones, que fue ignorado en el arrastre. Por lo demás, las orejas podrían haberse entregado por sorteo antes de comenzar el festejo. Es lo de menos. Lo de más, preocupante, una escasa afluencia de público, que evidencia que algo falla a la hora de programar la feria sanjuanera.

De los cuatro toros de Torrealba lidiados a pie el que dio más juego fue el primero de David Fandila. Su faena tuvo la virtud de aprovechar las geniudas embestidas del toro mientras lo enredó en los medios. Y una estocada fulminante que valió por sí sola una oreja y le abrió la puerta grande. A este lo recogió con el capote con lances de rodillas, y lo llevó al caballo galleando por chicuelinas con suavidad. Se tragó un picotazo sin codicia y acudió con alegría en banderillas a la moviola y citando desde el centro, para rematar con un violín muy jaleado.

Se dolió el astado intentando sacudirse en tablas los rehiletes, y Fandi lo sacó a los medios para sujetarlo allí en series de las que salía desentendido de la muleta y con la cara alta, buscando por dónde escapar. Suplió con oficio la falta de acoplamiento. Con la izquierda aprovechó el viaje de huida del toro hacia las tablas, donde quedó finalmente aculado y defendiéndose. Allí lo acosó pero el astado no quería saber nada. Lo sacó al tercio para esquivar querencias y enterró una estocada entera arriba que hizo rodar al toro sin puntilla.

En el que cerró plaza tiró de nuevo de variedad capotera, lo dejó sin picar pero la escasa fuerza del astado se evaporó con las primeras embestidas. De nuevo moviola y violín para parar finalmente al de Torrealba corriendo hacia atrás. Le dejó respirar en la muleta, sacando algún pase de trazo más largo que el toro deslucía punteando con la cara arriba. La falta de fuerzas impidió cada vez más culminar las embestidas, y todo se resumió a un trasteo insípido con algunos adornos, en el que el granadino no se aburrió. Pero había muy poco que exprimir. Enterró de nuevo la espada y cortó una oreja, porque a esas alturas del festejo el presidente se negó a ceder la segunda que el público exigió con estrépito. Es lo que tienen las pasiones.

El quinto desarmó a Padilla dos veces en los lances de recibo, quedándose debajo de la esclavina del capote y obligándole a tomar el olivo. Derribó al picador de turno y se fue por el que guardaba la puerta con un topetazo al que siguió un puyazo muy protestado. Y ahí se quedó lo que quiera que llevaba dentro. Parado y renqueante acubió a banderillas, donde no dejó el jerezano que los capotes de los subalternos restaran pases al astado. Brindó al empresario Gustavo Postigo y ya se vió que el público no estaba dispuesto a que el torero se fuese a pie en su último paseíllo, al menos de momento, en León.

Comenzó la faena de muleta sentado en el estribo, perdió pasos, no obligó,... Pero el toro no tenía emoción ni fuerzas, imposible ligar muletazos o componer tandas, pese al mimo besó el suelo varias veces. Fue un trasteo al paso agonizante del astado, que concluyó Padilla tirando los trastos de rodillas ofreciendo el pecho. No había con quién luchar. Entró a matar despacio y enterró el acero, se le pidieron con estruendo las dos orejas. El torero regaló a su plaza una lenta vuelta al ruedo con las banderas de León y de España, y por supuesto la pirata.

Al que hacía segundo de la tarde le había saludado con largas cambiadas, lances a pies juntos y verónicas. Clavó el toro los cuernos en la arena al salir del caballo y dio una aparatosa voltereta, que le dejó mermado, como evidenció al claudicar en un quite por delantales. No quería el animal más que huir de la pelea, ni tenía el asfixiado manso más que un cuarto de viaje cuando se arrancaba. Tarde descubrió Padilla el pitón izquierdo, por el que tenía lo poco que podía ofrecer. Alardes y media arriba tendida dejaron un toro amorcillado, y el diestro saludó tras finiquitar con un certero golpe de cruceta.

A caballo

Se presentaba en la plaza el joven Guillermo Hermoso de Mendoza, apoyado desde el callejón por su padre. Brilló especialmente en su segunda faena, de la que no obtuvo trofeos, con un novillo de Rosa Rodríguez encastado. Exprimió una infatigable embestida, templada y fija en la cabalgadura. El rejoneador se lució especialmente a lomos del expresivo Disparate, llevando enganchada a la grupa la codiciosa embestida, templando y dejándolo llegar. Excelentes maneras de jinete y excelente doma. Se gustó y aprovechó la condición del animal, que acudió con la boca cerrada a los cites, pasándoselo por los dos lados de la cabalgadura. Con Ícaro clavó al estribo (esta vez sí), dándole el caballo el pecho y buscando con su cara la del novillo. Concluyó con cortas a dos manos, se adornó con el teléfono; pero se le fue el rejón abajo y necesitó un segundo intento, en el que el novillo ya no le ayudó tanto. Certero con el descabello, mostró madurez y un prometedor concepto clásico.

Con el que abrió plaza, noble y flojito, pero de viaje acompasado, no estuvo tan acertado a la hora de clavar las banderillas, casi siempre lo hizo a la grupa. Fue una faena arropada por la excelente cuadra de la que dispone, que remató con un rejón que produjo derrame. En esta cortó las dos orejas y se garantizó la salida a hombros. Pero la realmente meritoria fue la faena a su segundo.

Al final los tres toreros dieron la vuelta final al ruedo a hombros de los capitalistas, las peñas salieron en ruidosa marcha Corredera arriba y en el cómputo de la tarde quedan siete orejas paseadas por el ruedo.

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