Los restos humanos que desaparecieron
La aparición del muerto en la Catedral sí paralizó las partidas arqueológicas
La memoria de la Junta refleja que la excavación se detuvo al hallarse el cadáver en la cripta.

Imagen de la cripta de Menéndez Pidal en la que apareció el cuerpo. M. R
La memoria del proyecto de la tercera fase del claustro y la fachada septentrional de la Catedral que se conserva en la Consejería de Cultura y Patrimonio de la Junta demuestra que las partidas arqueológicas previstas en la cripta de Menéndez Pidal no se ejecutaron. Así lo ha asegurado el director general de Patrimonio, Enrique Sáiz, que manifiesta que, sin embargo, este plan —que data de 1989, un año antes del comienzo de las obras y el consiguiente hallazgo del cuerpo— tuvo un modificado en 1991.
Todo ello sugiere que lo único que se paralizó fue la excavación aneja a la obra que se desarrolló y fue a causa de la aparición de los restos humanos, cuyo destino se desconoce. El responsable de Patrimonio de la Diócesis y director del Museo Diocesano de la Catedral, Máximo Gómez Rascón, ha asegurado desde el principio —y contra la declaración del arqueólogo prsente en la cripta— que él tuvo conocimiento de la aparición del cuerpo días después de su descubrimiento, subraya que nunca lo vio y niega conocer el lugar al que fue ‘enviado’. Lo mismo ocurre con el arqueólogo de la Junta, Julio Vidal, y con los trabajadores de la empresa adjudicataria de las obras, CPA.
El cuerpo, que se encontró entre la basura arqueológica de la excavación realizada en 1960 por Luis Menéndez Pidal, fue despreciado por todos los implicados en el hallazgo. Las fuentes consultadas por Diario de León aseguran que «de ninguna manera» pudo tratarse de vestigios humanos medievales y defienden que fue el resultado de una muerte violenta. Uno de los consultados considera que este hombre —que apareció enterrado entre platos de Duralex, cascotes y colillas de tabaco Ideales— tuvo que ser abandonado, «escondido», por alguien en la cripta durante los trabajos que se realizaron para instalar una caldera para el templo. Otro de los que se han atrevido a hablar con este periódico sostiene que podría tratarse de una víctima de la guerra o la postguerra.
En cualquier caso, las prisas por cerrar la excavación y las irregularidades en la gestión del hallazgo impidieron saber más.
De hecho, no acudió a la cripta ni un forense, ni la policía judicial y, desde luego, no se llamó a un juez para que hiciera el levantamiento del cadáver. Tampoco hay constancia en los libros del cementerio de Puente Castro de que al camposanto llegaran los restos de este hombre desconocido.
Un cuerpo que no existe
El sigilo con el que se cerró la excavación se refleja en el hecho de que el informe del arqueólogo nunca se pidió y, por lo tanto, el hallazgo nunca existió a efectos oficiales. Las palabras con las que desde el Servicio Territorial de Cultura se explica esta desviación del procedimiento habitual son las siguientes: «Entre los escombros, cascotes y residuos de ese espacio (y fruto de unas obras de los años 60), se hallaron restos humanos esqueletizados sin ningún tipo de trascendencia o interés arqueológico, debido al contexto de su aparición».
Ignacio Represa, arquitecto de la Catedral que firmó el proyecto de obra, asegura que los responsables le ocultaron el hallazgo «de manera deliberada». El arquitecto considera que había mucha gente que sabía perfectamente lo que había pasado. Precisa que el cuerpo apareció en un espacio de grava, entre un forjado, y añade que lo más extraño de la aparición radica en el hecho de que él mismo había tenido la oportunidad de estar en la cripta y no lo vio.