Emociones educativas
Profesores particulares para alumnos pacientes
Cinco maestros atienden a una media de quince estudiantes en sus casas cada año que se suman a los que pasan por el aula abierta en el Hospital.

Uno de los pequeños que acude al aula hospitalaria de León. MARCIANO PÉREZ
A. Calvo | León
Marta entrega a la maestra Gloria González su examen antes de emprender una nueva tarea. Las dos llevan bata, la maestra y también la alumna, que por un problema de riñón permanece ingresada y acude a diario al aula hospitalaria de León. La pequeña ponferradina, del barrio del Flores del Sil, comparte clase ese día con sus compañeras de habitación, Marta y Noelia, Darío y la pequeña Sofía, de tan sólo 3 años, y también Elena. Todos ellos estarán unos días bajo la batuta de Gloria, quien lleva al frente del aula casi ocho años. Ella ha pedido este destino, su plaza fija está en el Antonio Valbuena, y es plenamente consciente de lo que necesitan los pequeños que, en muchas ocasiones, tienen que permanecer largas temporadas en el hospital y con muy duros tratamientos. Gracias a la rueda de las emociones que ella misma ha desarrollado ayuda a los niños «a saber cómo se sienten, ver cuál es el origen de sus emociones, reflexionar sobre ello y si se puede cambiar se hace. En las que no se puede cambiar su origen, tenemos que aceptarlo y ver las cosas buenas».
A Gloria González se le suman este año otros cinco maestros que acuden a las casas donde hay niños enfermos —ya sea por casos crónicos o una lesión traumática que les impida acudir al colegio durante al menos un mes— y que atienden cada año a una media de quince escolares. Todos ellos se ponen en contacto con los centros y los tutores de los pequeños para coordinar sus acciones y trabajar en la misma línea, de manera que a final de curso, puedan conseguir las mismas notas. Así lo explica la madre de la pequeña Sofía, que con 3 años, recibe en su casa a una maestra, aunque por el tratamiento que recibe para su leucemia también pasa a menudo por el aula hospitalaria. «Es súper cómodo y así la niña no pierde el curso. A Sofía le gusta y va muy adelantada. Lo más importante es que reciba sus clases como el resto de los niños», apunta.
Los padres de los alumnos que pasan por el aula hospitalaria aplauden el servicio, que ayuda a dar continuidad a sus clases, lecciones que sólo se interrumpen cuando el médico pasa y todos ellos salen muy pacientes, para conocer los últimos datos sobre su estado de salud. Después, regresan para seguir aprendiendo y, también, divirtiéndose en una clase diferente.