LA SEMANA
La telefonía móvil del Gobierno
ESTA remodelación del Gobierno habrá sido la primera en la que los teléfonos móviles han servido como canal transmisor de la expectación azarosa, el júbilo ministerial o la decepción. En otros tiempos se enviaba un motorista y ahora se convoca por telefonía a Moncloa, mientras un zigzagueo de llamadas conjetura y entrecruza ilusiones vanas y destinos inciertos. Algún candidato a ministro contó en su día esa larga espera junto al teléfono de casa, sin aceptar que nunca iba a repiquetear para entregarle la poltrona. Son minutos inolvidables porque no pocas veces son la frontera entre las pasiones de la vida pública y los beneficios de la empresa privada. En la reciente remodelación oficiada por Aznar, los teléfonos móviles han jugado ya un papel central, para poner al alcance de cada decisión presidencial las voluntades de todo su partido. Si eso no es poder, que venga Dios y lo vea. De repente, todo llega: el juramento en la Zarzuela, la cartera negra, el ujier mayor, el coche oficial, el agobio de los informadores y la sensación de plenitud para un «ego» que llevaba tiempo soñando en ser llamado «señor ministro». Ya se dijo hace unos años que los ministros son un bien del Estado. Luego viene la pedrea de altos cargos. El móvil pilla desprevenido a un futuro secretario de Estado que se había ido al gimnasio o que retozaba con su amante. El rostro se ensancha, la mirada se ilumina, el «ego» entra en erección pletórica: por fin uno acaba de entrar en el gobierno, sea cual sea el departamento. Como dijo el clásico, «Ministro, aunque sea de Marina». Habrá que leerse informes y expedientes, resistir el primer navajazo de un periodista que le hace un perfil algo avieso. Llegan las cámaras, los micrófonos de la radio. Llaman los amigos que uno había perdido de vista, para enchufarle una sobrina. La esposa tiene un primo perdulario que quisiera ejercer de asesor de imagen. Toda una vida de vocación política y de aprendizaje puede quedar truncada si ese teléfono móvil no suena, si no puede uno escuchar con alborozo ese pasodoble indicativo de que alguien llama y de que pudiera ser Moncloa. Hay algo de azar cruel en la recomposición de un gobierno porque caen a veces algunos de los mejores y en otras ocasiones, a última hora, hay que rellenar un hueco con una personalidad más bien mediocre. Ahí caen amigos y se enaltecen antiguos enemigos. La política es terrible y no extraña que de algunos políticos se haya destacado la atención que prestaban a las adivinaciones en las cartas del tarot y a las pitonisas. Al candidato más preparado del mundo no se le ofrece un destino político si no tiene buena química personal. Ese es un oficio tan halagüeño como duro, tan bueno para el «ego» como destructor del tiempo privado. Uno se queda a la intemperie de los acosos informativos y al alcance de medios especializados en el chantaje. Ya se han ido incorporando los nuevos ministros y algunos ya se han lanzado por el tobogán de las entrevistas. Se les ve fragantes, con sonrisa, dispuestos a comerse el mundo, por veteranos que sean. Tradicionalmente, disfrutan de un estado de gracia que se cifra en cien días, pero la costumbre se va perdiendo y a lo mejor alguna crítica se les cae encima antes de 48 horas. En las facultades de ciencias políticas se va a estudiar el enigma del cuaderno de pastas azules de Aznar. Para decidir quien va a ser ministro, a lo mejor también tiene en cuenta los ronroneos y preferencias de ese gato Manolo que de ser un habitual de la Moncloa ha pasado a ser conocido en toda España. Será de interés ver que hace el gato Manolo cuando Aznar se vaya.