Diario de León

Luis Artigue EL AULLIDO

Ahora una historia

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León

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LA vida está llena de historias difíciles de vivir, pero imposibles de inventar. Y sino, tenían que haberla visto a ella en nuestros tiempos de facultad: cuerpo exacto, ojos melódicos, pelo mudéjar de princesa mora conformando un sueño de los viernes noche. Seguro que sí la vieron. Ha pasado algún tiempo y los de entonces, ya no somos los mismos. En un club de jazz detrás de la catedral , quedamos. Al encontrarnos hablamos tanteándonos y omitimos rechazos, huidas, equidistancias, las cartas de amor que le escribí y ahora parecen facturas impagadas y algunos otros pasajes amarillentos en los que no había vuelto a pensar ni por asomo. Quiero pedir perdón por ello o culpar al escribano intermitente de la memoria, mas no sé cómo hacerlo sin parecer un poeta loco. Ella sonríe maquinalmente pero luego inclina los ojos y se le pierde la mirada en la cerveza sin alcohol. Roza el vaso nerviosa con la yema de los dedos. Divaga. Después me cuenta que ya no queda casi nada de aquella niña diosa que quería cambiar el mundo como quien borra un párrafo, coge el lápiz y lo escribe de nuevo ; que ha estrellado ya sus sueños contra el suelo, que él está a punto de dejarla tras varios años de convivencia porque su eterno amor se ha roto y no saben reconstruirlo con los pedazos resultantes. Bebe. Llora mientras añade que su trabajo no es fijo y acaba de enterarse de que está embarazada de tres meses... No recuerdo ahora mismo nada de lo que argumenté yo porque no era en absoluto memorable, pero me queda fresca mi cara de póker junto a la sensación frustrante de no saber bien qué decir. Sonaba el saxo budista de John Coltrane por debajo de las conversaciones. Afuera la tarde se había ya mezclado con la noche. Escuché atentamente sus pensamientos negros, sus planes negros como el vientre de los petroleros y velé sus lágrimas. Al llegar a casa redacté unas líneas emocionalmente escritas a modo de regalo que tal vez no arreglan nada en absoluto, pero no por eso dejan de tener algún sentido. Podría hablar ahora, tras haberlas vuelto a leer, de la imaginación como placebo o terapia, de la literatura como esquema mental alternativo, como ajuste de cuentas o carretera secundaria que a veces puede reconducir la vida, de la mitología otorgando causas y razones a la adversidad, de la palabra que a veces logra hacer poesía de la humillación, del contador de historias que, de noche entre los miembros de su tribu, camina como si llevara una vela encendida en la mano mostrando un camino, como escribió una vez Julio Cortázar. Podría teorizar un rato para calmar mi mala conciencia aguijoneante, pero no quiero hacerlo porque el dolor ajeno me infunde mucho respeto al tiempo que ilumina mi silencio. Menos mal. Por eso, como sé que leerás esto, sólo quisiera añadir esas líneas que escribí a mi verborrea inútil del otro día. Lo hago, claro está, con el permiso cómplice de ustedes. Dicen así: Conocí una vez a un hada atrapada en este mundo. Era hermosa, pero de una manera un tanto extraña. Se había quedado embarazada de un moreno canalla que ella había creído poder cambiar, pero esta vez su magia no funcionó. Esta hada sentía que la criatura de su interior podía advertir el desamor que ella sentía, por eso se ejercitó pacientemente en el arte de no odiar a su exnovio y aún más, de estarle agradecida. Muy agradecida. En el hospital se sintió demasiado humana, sola, dolorida y frágil. Cuando su hija nació con dos alas invisibles a la espalda ella supo que la magia... ...había funcionado.

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